El asma-revelación

Iba a hablaros de mi Semana Santa pero, ayer, leyendo la última e hilarante historia de Miguel, pensé que no estaría mal contaros un momento de mi vida que cambió mi forma de ver el mundo.

Siguiendo la máxima de tragedia +tiempo=comedia, ahora lo recuerdo con una sonrisa, a pesar de seguir recibiendo cariñosos reproches por mi brillante actuación.

Nunca des por sentado algo tan natural como respirar.

Primero llegaron los gatos. Después las alergias, incluyendo a mis mininos en la ecuación. Luego vino el asma alérgico y, por último, el asma a secas.

Corría el mes de septiembre de 2008. Lo recuerdo porque era mi primer año de funcionaria y porque acababan de terminar las fiestas de mi pueblo. Había hecho un frío de pelotas, tanto que, después de de cuatro días de juerga al raso, mi cuerpo se colapsó de golpe: infección de garganta, fiebre alta, dificultad para respirar, “pitos”,… No era algo nuevo, sabía lo que debía hacer: Ir al hospital, dejar que me enchufaran los aerosoles, un par de días en cama reclamando atención y vuelta a la rutina. Pero había un pequeño problema: Míster Potato Darth Vader, mi odiado y nada añorado excompañero, estaba solo en el despacho. Y eso solo podía traducirse en un buen lío. Así que arrastré mi culo como puede hasta el despacho y me centré en los asuntos urgentes con la idea de escaparme al Gregorio Marañón en cuanto terminara. Total, me pilla a un par de pasos.

A media mañana los pitos eran de escándalo y cada respiración suponía un esfuerzo agotador. Me rendí, dejé el trabajo tal cual y me fui al hospital.

Para que entendáis lo que pasó voy a contaros un pequeño detalle de mi forma de ser: soy una persona poco dada a las demostraciones afectivas de cualquier índole, de aspecto sereno, y no suelo perder la calma.

Así, con calma, me dirigí a la señorita de la ventanilla.
-Espere ahí sentada –dijo con la cordialidad de una ortiga.
-Pero, es que…
-Espere ahí.

Me senté concentrándome en seguir respirando. A los diez minutos, tras una nueva intentona fallida, e intuir que iban a tardar bastante más de lo que podía aguantar en atenderme, desistí. Me levanté, me dirigí al metro y, tres paradas después, me bajé directa a la Clínica El Rosario con la tarjeta del seguro en mano.
-Señorita, no puedo respirar.
-Lo siento, no atendemos urgencias de su seguro.
-Pero es que NO PUEDO RESPIRAR.
-Bueno, siéntese ahí un momentito que ahora vienen a tomarle la tensión.

Mi mirada era una mezcla de mofa y desesperación. Le di la espalda y dije algo así como: “yo no necesito que me tomen la tensión, necesito aire. Pero no se preocupe, que me iré a morir a otro sitio, no vaya a ser que mi seguro les cause algún problema”. Recuerdo que oía a la loca aquella llamándome, pero ya había decidido ir a otro sitio y en aquel momento solo me quedaba agarrarme a mi firmeza.

En una mano el terbasmín y en la otra el ventolín. Chute, paso, chute, paso. La opresión en el pecho hacía que cada respiración fuese como tragar fuego. Mi visión periférica había desaparecido y un montón de puntitos negros brillaban delante de mis ojos. No sé cómo lo conseguí. Hubo un momento en que hasta me eché a reír pensando que iba a perder el conocimiento en mitad de la calle e igual me moría por idiota.

Llegué al mostrador del San Camilo sin resuello, vamos, como si hubiera corrido una maratón.
-No puedo respirar –decir aquella frase me costó un triunfo.
-La tarjeta del seguro, por favor –me respondió una de las dos señoritas, la más joven, sin siquiera mirarme.

En ese momento me rompí. Empecé a llorar, a reír, y apoyé la cabeza sobre el mostrador desesperada. La otra, la mayor, me preguntó:
-¿Un ataque de pánico?

Levanté la cabeza y la miré fijamente, ya con la presencia de ánimo recuperada, y susurré:
-No, de asma.

Fue como si encendiera una luz roja con sirena. De repente habían llamado al celador, avisado al médico de urgencias, me empujaban al box en una silla de ruedas,… Mi saturación de oxígeno era de risa. Primera carga de aerosoles. El box atestado, aquello parecía el camarote de los hermanos Marx.
-¿Mejor, verdad?
-No. –Igual esperaba que le fuera a engañar.
-Venga, no seas llorica –me decía el doctor vestido con su sonrisa de condescendencia.

Pero, al enchufarme de nuevo el medidor de oxígeno, se le borró.
-Pues no, no estás mejor.

A la tercera carga, ya me cayó la primera bronca.
-¿Pero, cómo es posible que hayas llegado a este punto? ¿Es que no sabes quejarte? Me temo que vamos a tener que ingresarte.

¿Ingresarme? Pensé en pánico. Ahora sí que me iban a empezar a caer broncas. No, todavía no había llamado a nadie para avisar de que estaba en el hospital. Estaba esperando a que me dieran el alta. Mi idea era acercarme a casa de mis tíos, que está a dos pasos del San Camilo, y desde allí esperar a que me vinieran a recoger. Ahora tendría que llamar y contar mi odisea. Para colmo no había habitación en el San Camilo, así que tenía que esperar a que me dijeran dónde me trasladaban.

-Sí, mamá, sí, perdón, ya sé que tenía que haberte llamado antes… No, no vengas, ya os llamaré para deciros dónde me llevan… No, no lo volveré a hacer… Perdón, perdón, lo siento…
-Sí, 7ven (misma conversación)
-Sí, Carrín (más de lo mismo)

Tras horas de espera en aquel box claustrofóbico rodeada de enfermos de toda clase –el que esperaba el trasplante, la anciana al borde la muerte,… todos en paciente resignación- por fin me tocó el turno de traslado. ¡Qué paz cuando por fin me metieron en una cama, con mi oxígeno, mis medicamentos en vena, mi pijama de hospital limpito!

Resumiendo: cinco días de ingreso, un buen montón de regañinas y “te podías haber muerto” y mi vida pasando ante mis ojos. Es verdad, me podía haber quedado en el sitio, y ahora solo sería un lejano dolor en mis seres queridos.

Fue ahí cuando decidí que la vida, además de insignificante, es menos permanente de lo que pensamos, así que no iba a esperar más para tratar de cumplir mis sueños. El asma –revelación.

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Receso en el receso

Sí, sé que debería estar estudiando, pero el Estudiantes está por encima de muchas cosas. Aún resuenan los cánticos de la Demencia que, a pesar de la derrota, está ahí jaleando a su equipo, infundiéndole ánimos, brindándole su apoyo… ¡Qué emoción! Y vaya PUTA MIERDA de arbitraje, en los dos sentidos. Un partido sin ritmo, mala suerte en el tiro, demasiadas faltas demasiado rigurosas,…

En fin, chicos, todo un logro haber llegado hasta aquí. ¡Bravo! Ahora, a por la regular.

Síiiiiii, ahora me pongo a estudiar….

Objetivo: Quedas de Caculo Capaça III

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EVIDENTEMENTE, ni Nadia ni Erika estaban e disposición de meterse en medio del mato a investigar con el único objetivo de localizar una de las muchas cataratas del país. Mi madre, aunque de espíritu aventurero como la que más, se rindió al miedo. Tiene pavor a las serpientes y, la sola idea de encontrarse con una es suficiente revulsivo para decidir quedarse. Antonio no tenía ganas de aventura, así que también decidió quedarse, y con él Rocky, claro, y Tor se ofreció gentil a cuidar de mi madre cuando mi padre amenazaba con renunciar también y acompañarla.

Como bien definió después, aquel fue uno de esos momentos trampa. Sabes que si te quedas te arrepentirás, pero en cuanto empiezas el camino te arrepientes de haberlo emprendido.

Siete de los trece, dos mujeres y cinco hombres, nos preparamos para internarnos en el mato. Las mochilas cargadas de agua (en especial la de John, que tiene su punto “El último superviviente”), las cámaras de vídeo y foto, las catanas, un GPS de ruta y una fotografía del Google Earth con las coordenadas reseñables manuscritas. Rústico, muy rústico.

Alejandro nos describió la ruta: alrededor de una hora y media, dos a lo sumo, en total. Subir la montaña, que sería la parte más dura, andar por la loma hasta llegar al punto desde el que veríamos las quedas y volver.

Nada de lo que me habían contado me había preparado para aquello. El capím sobrepasaba con mucho nuestras cabezas. La pendiente era muy empinada, llena de piedras que se desprendían nada más pisarlas, y el calor apretaba con fuerza. Con el cuerpo empapado en sudor agradecí en silencio la camiseta y los pantalones largos, y claro, mis botas de trekking que se agarraban a sitios por los que no me creía capaz de trepar.

A mí hay situaciones que me producen sentimientos que no corresponden. Si estoy muerta de calor y me veo en la obligación de arrastrar mi culo sin descanso, me cabreo. Así llegué a la primera parada, a la de “venga, ya hemos superado la parte más difícil”. ¡Ja! ¿Pero de verdad queréis ir más lejos? Si esto ya es muy bonito, no hace ninguna falta… Además, ¿por qué vais tan deprisa? ¿Os persigue alguien? ¿Llegáis tarde? ¡Coño! Si siempre llegáis tarde, no pasa nada por hacerlo una vez más.

Allí abajo, junto al río, leeeejos, el campamento

Pendiente

Vistas desde la primera parada

Yo marchaba la penúltima, delante de mi padre, para no sentir la presión de los corretones. Lo más frustrante de ir en la cola es que, cada vez que se pacta un descanso, este termina con la llegada de los últimos.

Por fin llegamos a la parte “fácil”, una extensa loma sin fin. Ahí llegó uno de los momentos más cómicos de la excursión: John, hombre de recursos, se provee de su propia sombra, un paraguas. Con sus 15 kilos de peso en la mochila y paraguas en mano siguió liderando la marcha.

La parte fácil

Agradecí las paradas de orientación: hacia el Este; el Este está hacia allí, no hacia allí, estamos en este punto,… Yo me dejaba llevar, es lo más que podía hacer, mientra bebía agua a sorbos pequeños para que no me diera un cólico o un golpe de calor.

Por fin, después de varias intentonas y vueltas atrás, vislumbramos las tan ansiadas quedas. Diré que mereció la pena, además de por la aventura en sí, por la belleza de lo visto.

Pero… Una vez vistas se quedaron con ganas de más. Había que encontrar la manera de bajar aquella pendiente de horror para subir al siguiente PA (punto alto). Yo no lo terminaba de ver, ¡me iba a matar! Estaba segura de que iba a resbalarme y a echar a rodar sin control, así que, agarrada al capím, de raíces resistentes, que salvó mi vida en más de una ocasión, y con el culo pegado al suelo, los seguí.

Pero cuando llegamos a la base de la siguiente colina supe que no podría. Mis piernas eran gelatina pura, estaba mareada, sofocada, y muerta de sed. Me había torcido los tobillos tantas veces que había perdido la cuenta y, durante la bajada me había golpeado el dedo gordo del pie (todavía tengo la uña negra). Así que les dije que yo los esperaba abajo, que me negaba a subir de nuevo para ver lo que ya había visto. Mi padre se ofreció a acompañarme, y nos quedamos tranquilamente sentados bajo la sombra de un árbol de látex, charlando y observando la vida insectil de la selva. Debió ser en ese punto donde perdí las gafas, que quedarán para siempre en aquel lugar como prueba de que yo estuve allí.

Emprendimos la vuelta rodeando la base de la montaña y encontramos (encontraron –como ya os he comentado, ellos ven caminos donde yo solo veo continuidad-) una senda. Fue realmente emocionante, porque avanzábamos muy rápido. Yo tengo muy buen sentido de la orientación, y estaba segura de que no quedaba nada para llegar al campamento. Por el camino encontramos un desvío que nos llevó a la orilla del río, ¡qué momento! En ese instante me daban igual todos los cocodrilos del mundo, ¡agua! Necesitaba refrescarme y, en plan Miss Camiseta Mojada, cogí el pañuelo con el que me cubría la cabeza y lo exprimí por sobre mí varias veces. Todos aprovechamos para refrescarnos antes de continuar, justo antes de llegar al punto muerto.

El río

El camino terminaba en una maraña impenetrable de árboles, lianas y matojos. Imposible continuar por ahí. Javier sacó su teléfono con GPS para calcular cuánto nos quedaba hasta el campamento. ¡17,9 kilómetros! ¡Venga ya! Nos echamos a reír viendo la absurda ruta que nos indicaba el aparatito. Debíamos estar a unos 300 metros en línea recta, pero allí no existen las líneas rectas. El único camino posible era hacia arriba. Y hacia arriba, y hacia arriba, cada vez alejándonos más… Creo que esa fue la parte más horrible del paseíto. Sabíamos que estábamos ahí, casi podíamos oírlos, oler el pollo a la parrilla que nos esperaba cuando llegáramos,…

Sobre una piedra nos tiramos a descansar. Alejandro, que iba con manga corta y shorts, empezaba a acusar el dolor de los miles de cortes producidos por ir abriendo paso a través del capím. John tenía fuertes calambres en las piernas. Éramos un conjunto de despojos humanos. Javier, Ricardo y mi padre debían estar agotados de tirar de mí en los lugares más difíciles. Y Sisí, a pesar de ser incombustible, una todo-terrero, se dejó caer rota como los demás.

Ahí me pudo el ansia, sabía que no quedaba nada y, sacando las últimas fuerzas, los que estábamos más hechos polvo, Jonh, Sisí y yo, por ese orden, echamos a andar como si huyéramos de algún animal peligro, y llegamos los primeros al campamento. Al paso nos salieron Rocky, Antonio y Tor, que habían oído nuestros gritos cuando tratábamos de orientarnos.

Justo antes de salir de entre la maleza, recompuse mi cara y aparecí, abrazada a Sisí, con una sonrisa de oreja a oreja. Las cámaras nos esperaban y había que ponerse guapa para la posteridad. Después, me dejé caer sobre una silla y permití que mi madre cuidara de mí. Una bebida azucarada, un poco de pollo, botas fuera,… Casi no había terminado de comer cuando ya estaban recogiendo el campamento.

Porque, eso de la hora y media, dos a lo sumo se tradujo en cuatro horas y media de dura caminata. Se hacía tarde y todavía teníamos que llegar al puente, recomponerlo para cruzarlo y desmontarlo, todo eso antes de que anocheciera.

Nota: me hubiese gustado hacer muchas más fotos, pero preferí disponer de mis dos manos y así poder preservar mi nariz.

Os dejo de nuevo uno de los vídeos, que corresponde a uno de los intentos anteriores, para que podáis apreciar la dureza del camino.

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Primera Excursión – Primer Día

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Miércoles, 16 de febrero

Salir de Luanda es abandonar el infierno para entrar en un paraíso virgen lleno de belleza. Después de kilómetros de atasco, dejando atrás montañas de basura y tristes favelas, rios de mierda (podéis comprobarlo en el blog La Mirada Indiscreta) y el pintoresco y maloliente mercado del pescado, avistamos Talatona, la jaula de oro de Luanda, de la que ya hablaremos más adelante.

El Iraque, una favela gigante

El atasco continúa, pero el paisaje cambia. Junto a la carretera se cobijan bajo las escasas sombras vendedores de las mercancías más diversas, mercados y pintorescas escenas.

Una gasolinera alternativa

Una peluquería

Con la nariz pegada al cristal trato de absorber cada pequeño detalle. Cuando los rastros de civilización desaparecen llega uno de los momentos más emocionantes de mi viaje. Sé que sonará extraño, pero la primera vez que una amante de El Principito ve un baobab (en angolano: imbondeiro) en directo, es especial. Es un árbol hermoso, el árbol del Amor. (Muchos de ellos parecen parejas abrazándose).

A la derecha el mar, a la izquierda la sabana. ¿Qué más se puede pedir?

Nuestra primera para es le Miradoiro da Lúa, un paisaje espectacular de roca erosionada.

De allí, a Barra de Kwanza, junto a la desembocadura del río Kwanza. En el Kwanza Lodge, un bonito resort turístico, nos sentamos a tomar un café disfrutando del paisaje y, después, fuimos hasta la playa y nos dimos un baño muy divertido gracias a los grititos de pavor de mi madre con las olas.

El muelle del resort sobre el río

Flor que crece a la vera del río

Comimos bajo la lluvia en el resort, lluvia que amenazaba con dejarnos sin paseo en barco. Finalmente abrió y lo hicimos. Mejor que contaros os dejo algunas imágenes que hablan por sí solas.

Nos cruzamos con muchos pescadores que nos saludaban sonrientes a nuestro paso

Había un montón de poblados escondidos entre los árboles

De allí nos dirigimos al Parque Natural de Kissama/Quiçama (y otras treinta maneras distintas de escribirlo, todas ellas correctísimas). Al llegar al desvío se produjeron dos sentimientos encontrados en el coche: la decepción de mi padre y el alivio de mi madre. Habían “arreglado” la carretera.

El camino

Salpicaduras de barro desde el interior del coche

Los primeros animales, un montón de monos que se acercaban curiosos

El Kwanza desde un mirador

En la zona de alojamiento nos dan nuestras cabañitas, nos duchamos y nos preparamos para cenar prontito. La luna sale espectacular.

La cabaña en la que dormí

El interior de la cabaña

Después de la cena nos recogemos. Allí, con el anochecer, llegan las ordas de mosquitos y, ni los litros de Relec Condiciones Extremas ni el cuerpo cubierto de ropa pueden protegerte de su ataque. Así que, a las 8:30, sola, con luz mortecina que no me permite leer sin que acabe en dolor de cabeza, tres entretenidos canales de TV: un debate, el telejornal (las noticias) o fútbol, y muerta de frío (con el aire acondicionado a tope para disuadir a los mosquitos que intentan invadir mi espacio), mi divertimento se reduce a pintarme las uñas (siempre que estoy de vacaciones las llevo rojas), y a matar bichos en plan Ninja, armada con una toalla y animando a Pamela, mi nueva amiga la lagartija, a que se diera un buen banquete para que yo pudiera dormir.

No fue la mejor noche de mi vida, pero me gustó lo de dormir en mi cabañita y disfrutar de un montón de tiempo para hacer una actividad que adoro y que no practico mucho: hacer nada.

Al día siguiente madrugamos… pero eso es otra entrada.

Angola – Primeras Impresiones

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Lunes, 14 de febrero

El viaje, con escala en Lisboa, fue fatigoso. Llegamos más o menos en hora, alrededor de las siete de la mañana. Ya había amanecido y, mientras el avión descendía, pude observar la ciudad desde el aire. Me sorprendió su tamaño. Luanda es enorme, enorme y gris. Y desordenada. Estaba lloviendo y la temperatura rondaba los 27 grados.

Ya enseguida tuve que enfrentarme a los primeros problemas: el mostrador de control de pasaportes. Una fila interminable, debido más que nada a esa forma tan distinta de enfrentarse a la vida de los trabajadores nativos. Y, cuando llegó por fin mi turno, mi primer intento de soborno.

Tenho fome.

Me eché a reír. La muchacha parecía buena chica, supongo que es algo habitual intentar sacar unos trocados (dinerito,pasta) a los extranjeros.

-¿De paseio?

-No, vengo a una reunión de trabajo -dije en mi oxidado portugués-brasileiro, eso sí, con mucho aplomo.

Después de revisar mi visado, tomarme las huellas, escanear mi rostro,… todo con mucha calma, volvió a hablarme de su terrible apetito. Yo le aconsejé que se tomara un descanso y comiera algo. Por fin conseguí que fuera directa al grano: el problema era que no tenía dinero. Claro, le dijo con cara de pena, yo tampoco. Es lo que tienen los “viajes de empresa”, yo voy a gastos pagados y no llevo un pavo encima.

Superada esta fase llegó la siguiente sorpresa: mi maleta venía rota. No, no faltaba nada, pero la muchacha que se encargaba del trámite de reclamación llegaba tarde a su puesto de trabajo, así que tuvimos que esperar. Y esperar, y esperar… Y nos pilló el gran engarrafamento.

Tras dejar atrás las puertas del aeropuerto, mi primera visión de la ciudad

La casa de mi padre está a 3,7 kilómetros del aeropuerto (lo medimos el día que me fui). Tardamos alrededor de una hora en llegar. El tráfico allí es infernal, da igual la hora. No hay normas, solo la ley del más fuerte. Meter el morro, poner cara de pocos amigos y tirar con el corazón encogido esperando a oír el crujido de la chapa. Y las motos… ¡Madre mía! Para las motos sí que no hay normas. Pasan por arriba, por abajo, sin casco normalmente, con cargas poco recomendables para un vehículo tan pequeño,… Te las puedes encontrar yendo en plan kamikaze incluso.

Esta foto la hice durante el atasco. Estuvimos unos 20 minutos prácticamente parados en este punto. Si os fijáis son 9 trabajadores encargados de limpiar las ventanas. Solo uno de ellos se dedicaba a la labor. Los demás, durante todo el tiempo que estuvimos allí, no hicieron más que charlar o contemplar el paisaje.

Por fin llegamos. El piso es muy bonito, mi padre me la enseñó orgulloso. Se ha encargado de comprar todos los muebles y la mayoría de los objetos de decoración, muy a tono con el país. Toca deshacer las maletas, darse una ducha y salir a hacer la compra.

Una parte del salón

“Esto es el equivalente al barrio de Salamanca” (uno de los mejores barrios de Madrid), me explican mientras el chófer conduce por calles sin asfaltar llenas de agujeros, sorteando basura y charcos de aspecto repulsivo.

Una cosa que siempre me ha gustado cuando visito un país nuevo es meterme en los supermercados. En el Frescos me sentí como si estuviera en todos los que he visitado. Todo lo que aquí se vende es de importación. Encontré esas galletas que tanto me gustaron de París, el horrible Marmite de Inglaterra, yogures Danone,… Después de 30 años de guerra civil el país no cuenta con mucha manufactura propia. Imaginen los precios, ¡son escandalosos!

Productos españoles, portugueses, sudafricanos, ingleses,… Muchas caras conocidas

Una vez pagada la compra llegó la hora de cargarla en el maletero. Mientras nos dirigíamos hacia allí un grupo de niños de mirada perdida me rodeó. Los gatunos. Me pedían dinero. Se me encogió el corazón. No porque me pidieran, sino por su situación. Son niños que se dedican a echarte una mano a la salida de los súper mientras esnifan pegamento. Los hay por toda la ciudad: niños, adolescentes, jóvenes que te acosan en cuanto aparcas para sacarte algo de dinero, a veces bajo amenazas veladas. Estos no tendrían más de 12 ó 14 años. Uno de ellos se colgó del coche y vino con nosotros un buen rato, mirándonos con eso ojos vacíos que se han clavado en mi recuerdo.

Después de dejar la compra en casa fuimos a comer al S. Joâo, un restaurante portugués cerca de casa. Mis padres pretendían ir en coche, pero yo estaba segura de que mi corazón no aguantaría otro atascazo de la muerte, así que voté por ir dando un paseo, a pesar de que las temperaturas ya rondaban los 40 grados. Así pude empaparme un poco más del ambiente y de sudor.

Es importante seguir los consejos de mi padre: “camina mirando al suelo, no sabes lo que te puedes encontrar” y “cruza mirando a todos los lados, siempre hay una moto que puede salir de la nada”. Paseando por estas calles puedes comprar lo que quieras, venden todo lo que puedas imaginar: cordones para zapatillas, mosquiteras, gorras, tuppers, alhajas,… ¡Hasta tienen top-manta! Había un puesto de regalitos para San Valentín de lo más hortera que podáis imaginar.

Un agujerito de nada en mitad de la acera, sin señalizar, por supuesto

Por lo visto ahora las calles están más limpias. Aun así, la basura se acumula en los rincones

Esta es una acera buena, buena

¿Qué necesitas? Lo tienen, seguro

El “top-manta”

En el restaurante comimos razonablemente bien. Además, probé la cerveza autóctona, muy rica. Y, con el estómago lleno, me dio el bajonazo. Una siesta en el sofá…

Dentro del restaurante, muy exótico

Esto fue gracioso. Así quedó la mesa después de ue vinieran a “limpiarla”

Otra desagradable sorpresa al despertar. Fiebre, el estómago revuelto, dolor de articulaciones,… La gripe que llevaba rondándome hacía días por fin entró en escena. Así que el paseo por la Luanda nocturna, la cena en el pakistaní y demás planes quedaron postergados.

Martes, 15 de febrero

Todavía pocha, pero algo mejor. Así me desperté. Le ordené a mi cuerpo una rápida recuperacion y funcionó. A lo largo del día fui mejorando. Hasta me atreví a comer un poco de pan y un flan. Pero no tenía cuerpo para mucha marcha así que nos tomamos el día con calma, en casa. Además, si quieres un poco de diversión, solo tienes que asomarte a la terraza. Esta ciudad tiene mucha vida. Hasta inventé un juego: “busca al blanco”. Creo que en total no habré visto más de cinco, y he pasado muchos ratos muertos asomada. Vi un accidente, a un policía arreglándose el mes, vendedores de todo tipo, trajes típicos chulísimos, un taller de mecánica improvisado,… y tráfico. Siempre tráfico. A todas horas.

Vistas desde la terraza, el eterno atasco

Por la noche finalmente fuimos a cenar al pakistaní, una oda a la horterada, pero con una cocina deliciosa a la que no me pude resistir a pesar de mi malestar. También vino con nosotros Alejandro, un tipo divertido, inteligente, inquieto, culto y encantador y gran amigo de mi padre. Hablamos de mis primeras impresiones, del viaje planeado para el fin de semana, de otros viajes que han hecho (¡son muy activos!),… Allí conocí a la Cónsul española, con la que también intercambié impresiones, a su marido y a un militar borracho que se nos acopló al oírnos hablar castellano cuando fumábamos un cigarro en la puerta. Resulta que, como muchos angolanos (allí no se dice angoleño), durante la etapa comunista del país, había sido enviado a Cuba a estudiar, y debió sentir cierta nostalgia.

La entrada al restaurante

Fue una velada realmente agradable. Mañana más.

Back in town

De vuelta… ¡Qué bien lo he pasado! Prometo crónica detallada (tengo cerca de mil fotos para adornarla) e incluso, con tiempo, un montaje de vídeo. Dadme un pequeño periodo de adaptación. Por ahora os dejo un pequeño aperitivo de mis viajes.

De tres en tres (II)

Con una semana de retraso… Lo siento, Vloj, pero me ha resultado imposible sacar conclusiones fuera de lo absurdo con tanta variedad. Así que he decidido hacer un autoanálisis y que cada uno saque sus propias conclusiones.

Vale, sí, ya sé que es muy difícil elegir tres, SOLO tres. Mi lista de libros favoritos es larguíiiiiisima, más o menos igual de larga que la de pelis. Pero aquí tratábamos de buscar esos libros/pelis que nos han influido de alguna manera.

Os cuento:

Como agua para chocolate, además de ser un libro excelente y una historia de amor épica, es ORIGINAL. Con él descubrí que una novela no tiene por qué ser una sucesión de acontecimientos, que hay tantas formar de escribir como escritores. La linealidad está muy bien, no le quito mérito, pero no es el único camino.

El Principito es mi libro de cabecera. Siempre que necesito poner en orden mi vida, mis prioridades, cuando me siento mal, cuando pierdo la perspectiva… me refugio en la sabiduría que encierran las palabras de ese niño rubio caído del cielo.

Jim Botón y Lucas el Maquinista es quizás el libro más importante de mi vida. Con él, no solo aprendí a leer, sino que aprendía a amar la lectura y a darle rienda suelta a mi imaginación.

Los tres son tan importantes que los leo con frecuencia, a pesar de que hay cientos de libros esperándome.

En el tema pelis voy a ser más escueta: una me descubrió lo que debe ser el AMOR, otra el cine que más me gusta y la última me devolvió algo de fe en el ser humano.

De vuestras elecciones diré que los libros que no he leído procuraré leerlos, algo que seguro que no hago con las pelis (a mí me da una pereza horrible ver una peli que no he visto ya, -sí, ya sé que es raro). Y diré que da gusto, ¡cuánta variedad! Así debería ser el mundo, lleno de matices distintos con los que poder enriquecernos. Que las diferencias sirvan para unir.

Ahora os animo a que os expliquéis (los que no lo habéis hecho).

¡Feliz jueves!