Semana rara

Aquí estoy, tirada en el sofá, esperando a que se cargue el capítulo de Juego de Tronos (sí, soy una pirata, y con título y todo), bastante hecha polvo después de un fin de semana intenso mientras paso olímpicamente del fútbol. Total, mañana no se hablará de otra cosa, ¿verdad? Así que, por ahora, me lo salto.

Semana rara, sí. Para empezar, la semana comienza en martes. Eso no puede ser bueno. O sí. Porque entonces el martes pierde su natural sosería y pasa a ocupar el lugar del lunes. Los efectos han sido prácticamente los mismos que los de cualquier lunes: sueño atroz, dolor de cabeza, embotamiento, pérdida de tiempo, organización de la semana,…

Para continuar con las “particularidades” mañana tenemos elecciones sindicales, así que me toca una dura jornada de 16 horas improductivas.

Y, si las circunstancias lo permiten, el jueves me quedaré en la cama hasta que mi Perla decida que es hora de desayunar, me pasaré el día en pijama zanganeando, y me iré a la cama tarde para tener un lunes-viernes como colofón final.

Semana rara, eso es bueno. Definitivamente bueno.

P.D.: Para rematar la entrada anterior, sí, voy a frivolizar. Unos versos tontos para ver el otro lado:

Antes me tiro al feo gracioso
que al guapo soso
Que hasta para el sexo
yo necesito algo de seso.

Os dejo, me voy a preparar un bollo para endulzar un poco las elecciones.

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¡Qué dura es la vuelta!

¡Pero qué bien que me lo he pasado! Necesito algo de tiempo para escribirlo, descargar y elegir las fotos, y os lo cuento todo con pelos y señales. Por ahora, paciencia, y dejaros claro que ya estoy de vuelta.

Salvo casos excepcionales, ya no voy a hacer doble publicación, así que si queréis enteraros de qué pasa por Un Mar de Cristal tendréis que daros una vuelta por allí.

Hoy podéis leer más sobre la búsqueda.

Luego más. ¡Feliz semana!

Podéis llamarme Capitana Vir

Porque… ¡¡¡HE APROBADO!!!

Os cuento… muchos sabéis que una parte importante de mi vida es el estudio. Llevo tantos años estudiando que no sé estar sin hacerlo. Pero estudiar siempre lo mismo cansa, más cuando es algo tan farragoso como las leyes. ¡Y eso que yo siempre fui de ciencias puras! ¿Quién me iba a decir a mí, allá por 6º de EGB, cuando la Agra nos obligaba a aprendernos los artículos de la Constitución de memoria –si cambiáis una coma podéis matar a alguien– que la norma por excelencia a la cual se someten todas las demás iba a ser para mí como el pan de cada día?

Las leyes, además, tienen un pequeño inconveniente que me martiriza. Cambian. Así que muchas de las cosas que he aprendido durante estos años no me sirven nada más que para rellenar huecos en mi cerebro saturado. Porque no hay exámenes a la vista, y porque mi condición de interina empieza a resultar extrañamente estable.

Así que este año decidí aceptar el reto que me planteó mi padre.

-Hija, tienes que sacarte el PER (Patrón de Embarcación de Recreo). Es una oportunidad, así podrás coger el barco (una motora estupenda, no se vayan a imaginar un lujoso yate) cuando vayas a Tui… y de paso me sacas a esquiar, que yo siempre os saco a los demás pero no hay nadie que lo pueda hacer por mí.

Así que, en esas hemos estado. Yendo a clases, pegándome con el R.I.P.A (lucecitas, pitos, gongs y repiques de campana), disfrutando con las cartas náuticas (matemática pura -lo dicho, lo mío son las ciencias-) y aprendiendo cosas que no me servirán para NADA, ya ves tú de qué me sirve saber en qué sentido gira una borrasca.

Ahora ya solo me quedan las prácticas de vela, pero eso está hecho.

¡Felices vacaciones!

Desde la ventana

Algunas fotos curiosas que merecen ser mostradas…

Vida callejera

Los “candongueiros”, un tipo de transporte colectivo

Este muchacho aprovecha los bolardos para exponer su mercancía, unas corbatas

Todos los estudiantes llevan estas batas

Las mujeres son capaces de llevar casi cualquier cosa sobre sus cabezas con una maestría envidiable

Los niños tienen bien aprendidos los riesgos de cruzar la calle, así que siempre lo hacen con cuidado y de la mano

Mercados a pie de carretera por doquier

Lo que yo decía

Esta mujer llevaba su mercancía sobre la cabeza, su bolso en bandolera y a su bebé a la espalda, ¡una superwoman!

Una estampa común: talleres improvisados

La basura y los escombros se acumulan en cualquier lado, ¡hasta en los tejados!

Allí también tienen “todo a 100”

Otra estampa común: los “engarrafamentos”

En este supermercado tenían visor de turno, pero no encontrabas los papelitos por ningún lado

Si cuando yo digo que venden de todo es porque es verdad: cinturones o escobillas de váter, elija usted

El último fin de semana

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Sábado, 26 de febrero

Me quería morir cuando mi madre vino a despertarme, ¡qué sueño! Pero había que levantarse pronto, que no queríamos comernos el atasco de Benfica. Íbamos a la feria de artesanía, una explanada techada llena de pequeños puestos rebosantes de tesoros. Pero disfrutar del paseo entre chucherías es harto difícil por el acoso al que te someten sin piedad: “amiga, amiga”, te llaman, te cogen del brazo, te enseñan su mercancía,… Y, pobre de ti si muestras interés en alguna pieza. A mí no me agobian especialmente, soy capaz de tragarme el nudo y hacer un gesto despreocupado de “luego”.

El sudor se mezclaba con la polvareda y, a medida que avanzaba la mañana yo me sentía más sucia por dentro y por fuera. Porque no puedo evitar sentir compasión y cierto grado de culpabilidad ante la pobreza.

Hice mis compras -regalos- ayudada del jefe, mi padre, que se encargaba del regateo, y nos volvimos.

La Feria de Artesanía

Antes de entrar en Luanda dimos una vuelta en coche para ver el Estadio, el Parque Científico-Tecnológico (una gran explanada vallada sin nada más que una cartel que la identifica como tal) y una nueva ciudad de grandes y ordenados edificios con la que pretenden descongestionar la capital y hacer desaparecer las favelas. Sería una gran idea si además se hubieran encargado de dotarla de infraestructura y servicios, esperemos que a algún granpensador se le ilumine el camino.

En casa nos duchamos y vestimos para el siguente evento: comida en un hogar auténticamente angolano. Víctor, un buen amigo de mi padre, con el que come cada sábado, y su familia, nos invitaron a su casa. Un delicioso caos reinó durante toda la jornada. Unos bebíamos mientras otros comían; comíamos mientras nuevos comensales llegaban; tomábamos el café cuando algunos comenzaban con el primer plato. Cada plato, vaso o cubierto de un juego distinto. Niños en los regazos reclamando atención, bailando, corriendo alrededor de la mesa. Litros y litros de cerveza. Charla relajada y comida exótica. Hasta me aventuré a probar el funge, una suerte de pasta de harina tipo gachas insípida y de textura pegamentosa.

Aquel fue uno de los momentos más reveladores del viaje. Sin convenciones sociales, sin el pan a la izquierda ni la servilleta colocada con maestría sobre el regazo. Ni orden ni concierto, solo risas, ambiente amable y distendido, platos reutilizados y autenticidad. Así es como me gusta la vida, fuera de todas las exigencias sociales que nos imponemos, o que asumimos como reales y necesarias, que solo sirven para encorsetar nuestro comportamiento y dorarlo con esa pátina de importancia absurda.

Por la tarde, mientras mi madre iba a misa, mi padre y yo aprovechamos para ir a la compra y echar gasolina. El día, con el tute que llevaba encima, no dio mucho más de sí.

Domingo, 27 de febrero

Mi último día. Mamá me despertó con una pregunta tonta. No podía hacer el check-in online hasta las nueve de la mañana, y si salíamos tan tarde nos encontraríamos con el atasco de salida, así que, en caso de que quisiera esperar para poder elegir buen sitio en el avión, tendría que renunciar a pasar el día en una playa chula fuera de la ciudad. La opción alternativa sería ir a la playa urbana y comer en algún restaurante de la Ilha.

Como la propuesta me pilló medio dormida, nunca me acostumbraré a hacer funcionar mi cerebro a las seis de la mañana, tardé un tiempo en razonar. ¿Qué coño? No voy a renunciar a mi ÚLTIMO DÍA por una buena plaza. ¡Como si tengo que ir sentada en la bodega de carga! Así que los desperté. ¡Nos vamos a la playa!

¡Qué playa! Olas enormes, nubes que amortiguaban el calor, verde a nuestras espaldas. Sorprendentemente tardamos menos de una hora en llegar, no había tráfico. Echamos la mañana luchando contra la marea, zarandeados por el oleaje, guzados por la fuerza del mar, entre risas y más risas.

Después comimos en el restaurante junto a la playa, con buffet libre de langosta. Lo hicimos pronto, se estaba montando una buena tormenta y la vuelta podía complicarse… como se complicó.

La entrada al restaurante

La tormenta nos agarra de camino

El acceso a Luanda era misión imposible. Todas las entradas estaban inundadas y atascadas. Lo intentamos por varios sitios, teléfono en mano en comunicación con los demás incautos que habían decidido pasar el día fuera. Puentes inundados, carreteras convertidas en lagos, coches atravesados a un lado y a otro,… Tres horas más tarde conseguimos entrar en la ciudad, con mi padre explicándome por dónde me podía meter la teoría del equilibrio cósmico.

Uno de los puentes de acceso completamente inundado, arrastrando hasta árboles

Ese pequeño incidente dio al traste con el plan de pasar la tarde en Talatona, en la piscina de Nadia y Antonio. Quedamos prontito a cenar, en el italiano, cena de despedida. Y, con esta cena, mi aventura africana estaba a punto de llegar a su fin.

Las maletas, los treinta controles del aeropuerto, el retraso de Lisboa, las 16 horas de viaje, el frío que me recibió en Madrid, el helado de bienvenida de 7ven,… Y, unas horas después, de vuelta en el trabajo. Pero la que vuelve no es la que estaba.

Con esta entrada ponemos fin a las crónicas de viaje. Solo dos entradas más al respecto, una de curiosidades sociales y otra de las consecuencias. Espero que lo hayáis disfrutado, que os hayan gustado las fotos y las explicaciones. Y, en un par de días, de vuelta a la realidad, a otra realidad.

Viernes… ¿tranquilo?

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El viernes iba a ser un día tranquilo. Los dos viajes consecutivos me habían dejado hecha polvo. Tantas horas de coche empezaban a afectarme a la espalda. El jueves había sido una auténtica tortura: una carretera asfaltada. Os preguntaréis, después de ver las fotos de los demás caminos, cómo es posible que una carretera asfaltada sea un problema. Pues muy sencillo, el problema radica en la falta de mantenimiento. Como ayer comentaba con mis padres, aquello no eran agujeros, eran caminos a las profundidades del infierno.

Volviendo al viernes, el plan era de lo más normalito: comer con Nadia, Erika, mi padre y Ricardo, el otro Ricardo, el “nuestro” dice mi madre, al que todavía no conocía personalmente, aunque sí habíamos intercambiado algún mail.

La pobre Nadia se comió un buen atascazo, así que llegó tarde, cuando los demás andábamos por el postre. Yo hablaba con Ricardo del libro, de las editoriales lobo-bajo-piel-de-cordero, de lo difícil que es este mundillo y lo corrompido que está,… Cuando una propuesta de Erika captó mi atención.

Hacía días que me reconcomía por dentro. Con la vista puesta en mi primer fin de semana de vuelta en Madrid ya estaba planeando mentalmente una noche de juerga con Asturias o con quien se terciara. Porque sí, todo esto de desconectar, del campo, la playa, las tardes ociosas y las mañanas durmiendo, está muy bien, pero mi cuerpo me pedía YA una noche de copas y baile, de alternar, trasnochar, de música taladrándome los tímpanos.

Una fiesta en la Ilha. Antes de que hubiera terminado de contarlo yo ya había dicho que sí. Igual no fui capaz de trasmitir mi entusiasmo, no soy de grandes demostraciones, porque, cuando volvíamos a casa, llamó Alejandro, de camino a Benguela porque se había caído un puente, con órdenes precisas de convencerme para que me apuntara. ¡Pero si no hace ninguna falta! Estoy más que convencida.

Nadia finalmente se rajó, así que Erika quedó en pasar a recogerme con un amigo suyo alrededor de las 9. H, mitad brasileiro, mitad libanés y una Erika preparada para la guerra – minifalda, taconazos, maquillaje perfecto- me recogieron en la puerta del portal. Yo, siguiendo las indicaciones de mi padre, llevaba el pasaporte en el bolsillo trasero del pantalón, las llaves en el bolsillo delantero y el dinero, al más puro estilo abuela, en el sujetador.

Ya en el coche vislumbré un atisbo de lo que iba a ser la noche: la conversación cambiaba rápidamente del portugués al inglés, del inglés al castellano, y de vuelta al portugués según nos diera el aire.

La primera parada, un restaurante con vistas a la bahía, al que poco a poco fueron llegando los demás. Una española, dos libaneses más, dos angolanos que habían pasado la mayor parte de su vida en distintos países europeos, un mejicano, una holandesa, un espécimen raro, mezcla de español y francés que hablaba como un latinoamericano,…

De allí al Lookal, uno de esos sitios restaurante de día-sala de fiestas de noche. 20 dólares la entrada, que daba para cuatro cañas. ¡Y era barato! Nuestros compañeros de fiesta pidieron tres pedazo de botellas de litro de vodka. La camarera nos llevó a una mesa, trajo hielo, refrescos y vasos y allí nos quedamos, ellos bebiendo como si fuera la última noche de su vida, nosotras a cerveza y agua.

Hubiese necesitado por lo menos seis pares de ojos para poder registrar cada detalle de la noche. Allí conocí a más expatriados de muchos lugares del planeta, asistí con la boca abierta al baile de moda, el kuduro, (cu duro – culo duro), genuinamente angolano, tremendamente sexual, obsceno, hipnótico. Bailamos, reímos, charlamos, espantamos moscones, dejamos que los espantaran por nosotras,… Vamos, lo que viene a ser una noche de juerga.

Erika, desde este momento nombrada Princesa Marmota (¡ahí tienes el tuyo!), empezó a acusar el cansancio y, haciendo aspavientos con el abanico –objeto altamente cotizado y codiciado- consiguió que H nos hiciera caso y nos llevara a casa. Eran cerca de las cuatro de la mañana y, parapetadas por un caballeroso, protector y algo perjudicado H fuimos dando un paseo hasta el coche, paseo que terminó con la Princesa Marmota en mis brazos… ¡esos tacones acaban pasando factura! Me dejaron sana y salva en el lugar en el que me habían recogido. Subí sigilosa, me metí en la ducha y me acosté para levantarme al cabo de dos horas…

Pero eso es otra historia.

Bailando. No se lleven a engaño, una ilusión óptica creada por la perspectiva… o no

Cuarta excursión en imágenes

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Jueves, 24 de marzo

Fue una excursión-paliza. 14 horas, 12 de ellas en coche, pero, como cada pequeño detalle de este viaje, mereció la pena. Juzguen ustedes mismos.

Las Pedras Negras. Una formación volcánica en medio de la nada

A mí me recuerda a Dark Vader. ¿A vosotros?

Las Quedas de Kalandula, las segundas mayores cataratas de África, grandes desconocidas

Foto clásica

Otro clásico, este de Angola, la basura

¡Había un montón de largartos! A cada cual más bonito

Así son los pueblos en Angola, nada que ver con Luanda

Las vías de tren siempre han estado, pero sin circulación. Ahora que la están restableciendo, como los nativos nos están acostumbrados, para evitar accidentes, ponen este tipo de carteles: “Pare, escuche, mire. Atención a los trenes”.

A la vuelta un accidente terrible nos tuvo parados un buen rato. Esa parte mejor me la salto. Precioso atardecer