El asma-revelación

Iba a hablaros de mi Semana Santa pero, ayer, leyendo la última e hilarante historia de Miguel, pensé que no estaría mal contaros un momento de mi vida que cambió mi forma de ver el mundo.

Siguiendo la máxima de tragedia +tiempo=comedia, ahora lo recuerdo con una sonrisa, a pesar de seguir recibiendo cariñosos reproches por mi brillante actuación.

Nunca des por sentado algo tan natural como respirar.

Primero llegaron los gatos. Después las alergias, incluyendo a mis mininos en la ecuación. Luego vino el asma alérgico y, por último, el asma a secas.

Corría el mes de septiembre de 2008. Lo recuerdo porque era mi primer año de funcionaria y porque acababan de terminar las fiestas de mi pueblo. Había hecho un frío de pelotas, tanto que, después de de cuatro días de juerga al raso, mi cuerpo se colapsó de golpe: infección de garganta, fiebre alta, dificultad para respirar, “pitos”,… No era algo nuevo, sabía lo que debía hacer: Ir al hospital, dejar que me enchufaran los aerosoles, un par de días en cama reclamando atención y vuelta a la rutina. Pero había un pequeño problema: Míster Potato Darth Vader, mi odiado y nada añorado excompañero, estaba solo en el despacho. Y eso solo podía traducirse en un buen lío. Así que arrastré mi culo como puede hasta el despacho y me centré en los asuntos urgentes con la idea de escaparme al Gregorio Marañón en cuanto terminara. Total, me pilla a un par de pasos.

A media mañana los pitos eran de escándalo y cada respiración suponía un esfuerzo agotador. Me rendí, dejé el trabajo tal cual y me fui al hospital.

Para que entendáis lo que pasó voy a contaros un pequeño detalle de mi forma de ser: soy una persona poco dada a las demostraciones afectivas de cualquier índole, de aspecto sereno, y no suelo perder la calma.

Así, con calma, me dirigí a la señorita de la ventanilla.
-Espere ahí sentada –dijo con la cordialidad de una ortiga.
-Pero, es que…
-Espere ahí.

Me senté concentrándome en seguir respirando. A los diez minutos, tras una nueva intentona fallida, e intuir que iban a tardar bastante más de lo que podía aguantar en atenderme, desistí. Me levanté, me dirigí al metro y, tres paradas después, me bajé directa a la Clínica El Rosario con la tarjeta del seguro en mano.
-Señorita, no puedo respirar.
-Lo siento, no atendemos urgencias de su seguro.
-Pero es que NO PUEDO RESPIRAR.
-Bueno, siéntese ahí un momentito que ahora vienen a tomarle la tensión.

Mi mirada era una mezcla de mofa y desesperación. Le di la espalda y dije algo así como: “yo no necesito que me tomen la tensión, necesito aire. Pero no se preocupe, que me iré a morir a otro sitio, no vaya a ser que mi seguro les cause algún problema”. Recuerdo que oía a la loca aquella llamándome, pero ya había decidido ir a otro sitio y en aquel momento solo me quedaba agarrarme a mi firmeza.

En una mano el terbasmín y en la otra el ventolín. Chute, paso, chute, paso. La opresión en el pecho hacía que cada respiración fuese como tragar fuego. Mi visión periférica había desaparecido y un montón de puntitos negros brillaban delante de mis ojos. No sé cómo lo conseguí. Hubo un momento en que hasta me eché a reír pensando que iba a perder el conocimiento en mitad de la calle e igual me moría por idiota.

Llegué al mostrador del San Camilo sin resuello, vamos, como si hubiera corrido una maratón.
-No puedo respirar –decir aquella frase me costó un triunfo.
-La tarjeta del seguro, por favor –me respondió una de las dos señoritas, la más joven, sin siquiera mirarme.

En ese momento me rompí. Empecé a llorar, a reír, y apoyé la cabeza sobre el mostrador desesperada. La otra, la mayor, me preguntó:
-¿Un ataque de pánico?

Levanté la cabeza y la miré fijamente, ya con la presencia de ánimo recuperada, y susurré:
-No, de asma.

Fue como si encendiera una luz roja con sirena. De repente habían llamado al celador, avisado al médico de urgencias, me empujaban al box en una silla de ruedas,… Mi saturación de oxígeno era de risa. Primera carga de aerosoles. El box atestado, aquello parecía el camarote de los hermanos Marx.
-¿Mejor, verdad?
-No. –Igual esperaba que le fuera a engañar.
-Venga, no seas llorica –me decía el doctor vestido con su sonrisa de condescendencia.

Pero, al enchufarme de nuevo el medidor de oxígeno, se le borró.
-Pues no, no estás mejor.

A la tercera carga, ya me cayó la primera bronca.
-¿Pero, cómo es posible que hayas llegado a este punto? ¿Es que no sabes quejarte? Me temo que vamos a tener que ingresarte.

¿Ingresarme? Pensé en pánico. Ahora sí que me iban a empezar a caer broncas. No, todavía no había llamado a nadie para avisar de que estaba en el hospital. Estaba esperando a que me dieran el alta. Mi idea era acercarme a casa de mis tíos, que está a dos pasos del San Camilo, y desde allí esperar a que me vinieran a recoger. Ahora tendría que llamar y contar mi odisea. Para colmo no había habitación en el San Camilo, así que tenía que esperar a que me dijeran dónde me trasladaban.

-Sí, mamá, sí, perdón, ya sé que tenía que haberte llamado antes… No, no vengas, ya os llamaré para deciros dónde me llevan… No, no lo volveré a hacer… Perdón, perdón, lo siento…
-Sí, 7ven (misma conversación)
-Sí, Carrín (más de lo mismo)

Tras horas de espera en aquel box claustrofóbico rodeada de enfermos de toda clase –el que esperaba el trasplante, la anciana al borde la muerte,… todos en paciente resignación- por fin me tocó el turno de traslado. ¡Qué paz cuando por fin me metieron en una cama, con mi oxígeno, mis medicamentos en vena, mi pijama de hospital limpito!

Resumiendo: cinco días de ingreso, un buen montón de regañinas y “te podías haber muerto” y mi vida pasando ante mis ojos. Es verdad, me podía haber quedado en el sitio, y ahora solo sería un lejano dolor en mis seres queridos.

Fue ahí cuando decidí que la vida, además de insignificante, es menos permanente de lo que pensamos, así que no iba a esperar más para tratar de cumplir mis sueños. El asma –revelación.

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12 pensamientos en “El asma-revelación

  1. La imagen de alguien pidiendo ayuda en un hospital porque no puede respirar mientras le piden la documentación es, como poco, surrealista. Tan sólo faltó que te hubieran dicho: avise cuando pierda el conocimiento, o si se va a desmayar hágalo sobre una silla, que acaban de fregar el suelo…

    La verdad es que la vida sin respiración pierde bastante, me imagino que el susto debió ser de esos que quitan el aliento.

    Besos,
    Miguel 2

  2. Joder, pobre… solo de imaginarlo ya me agobiaba yo. Esa sangre fría que demostraste sale en situaciones así, y luego cuando todo ha pasado y echhas la vista atrás, seguro que piensas que cómo has hecho tú eso.
    Pero te entiendo perfectamente, yo tampoco sé quejarme y muchas veces, así me va. Pero claro, en según qué situaciones hay que quejarse. Que no vuelva a pasar. ;D

  3. Ya lo decía algún pasaje de la Biblia….”polvo eres y en polvo te convertirás “. Lo siento, pero lo que te ha pasado me ha hecho abrir los ojos a la realidad verdadera. Es un momento cuasi epifanico. Maldita sea!

  4. Rubén, yo creo que mejor unas clases de arte dramático para montar un buen pollo en la recepción, así seguro que te hacen caso a la primera. (En su defecto, un par de copas, pero en determinadas situaciones uno no está para empinar el codo).

    Miguel 2.0, pues sí, pierde bastante, ¡jajajajaja! En aquel momento no me lo podía creer, era una situación tan absurda que no pude evitar echarme a reír mientras lloraba. De esto he aprendido que lo mejor que puedo hacer es perder los nervios desde el principio, además de llevar mi camiseta de “tengo un ataque de asma”. Un beso

    Sonia, no me regañes tú también, que no sabes la de broncas que he tenido que soportar, ¡jejejeje! Merecidas, claro, pero es que a veces llevo mi independencia al límite. Suelo tener sangre fría en situaciones estresantes, pero si pierdo el control lo pierdo a lo grande. La verdad, sí, no sé cómo aguanté tanto. Recuerdo que tenía ganas de echarme al suelo y que pasara lo que tuviera que pasar, ¡estaba cansadísima! Ahora me río, pero fue una pesadilla. No volverá a pasar, ¡promise!

  5. Ah… te entiendo, lo mio no fue tan dramatico pero me pasó en medio de la nada subiendo a un cerro. Más alla de la historia me quedo con el “no des por sentado algo tan obvio como respirar” cuando te agarra la disnea sibilante está salado. Y tuviste la suerte de no recibir una gasometria*??? esa cosa duele, apuesto a que no porque sino lo recordarias y mencionarias pues no se olvida pero por lo que se ve creo que fuistes una candidata firme a ello…

    Como dice Miguel, la imagen esa es surrealista y me permito agregar que retrógrada. Yo odiaria trabajar en ese puesto tanto como odiaria a quien lo ocupa si me pasa eso (en el buen sentido de odiaria no?).

    *gasometria es que lo pinchen a uno en la arteria radial- en la muñeca- con una agujita para sacar sangre en la que se mediran los gases. Como es una arteria -y no una vena como es la extracción habitual- duele a lo bestia ya que la pared de la arteria tiene inervación dolorosa.

  6. ¡Eres la ostia!, JAAAAAAAAAAAAAAAA.

    Perdóname porque me ría, JAAAAAAAA, ¡ya sé qué no tiene nada de gracia!, pero tienes toda la razón que hay situaciones trágicas que con el tiempo se vuelven cómicas. Tu familia se llevó un susto de muerte, ¡no me extraña que te regañaran!

    Yo ya estoy mejor, ahora sólo me afecta la maldita alergia del polen.

    Para abrir bien los pulmones hay 3 cosas:

    – 1º.- Reirse mucho, es muy bueno.
    – 2º.- Tener un orgasmo (lo que pasa es que a veces da una perezaaaa…).
    – 3º.- En casos de no poder aplicarse la primera y segunda opción, tomarse un pacharán, vino o una cervecita bien fresquita.

    ¡Un beso!

  7. Recordad que todo empezó por su amor absurdo-incondicional a su trabajo. Y como dice Sonia, la sangre fría está muy bien ¡¡pero solo si sirve de algo!! Y tengo ciertas dudas que sirva de algo tener la sangre fría como para elegir el sitio de tu muerte ¿entre el primer y el segundo hospital? ¿en la calle de camino al tercero? ¿en el metro? Y si, esto tiene tono de bronca jejeje

  8. También pasó hace mucho tiempo, pero tampoco se me olvida. Mi hermana sufrió un aborto y no se me olvida, ver la sangre mientras la enfermera decía que había que rellenar un cuestionario. La verdad es que no se me olvida porque yo no tengo sangre fría (ójala), y desde puta (fué lo más suave que se me ocurrió) llamé de todo a aquella señora. El caso es que me echaron de allí ¡con los de seguridad! jajaja, lo que tú dices Vir, el tiempo lo cubre todo de una pátina graciosa ¿verdad? Y yo creo que tienes razón, en cualquier momento te puede pasar cualquier cosa! Así que… a disfrutar se ha dicho!
    Besos

  9. Si es que para que te hagan caso en determinadas instancias has de ser lo más escandaloso posible y saltarte las reglas mínimas de educación. Tampoco se merecen mucho más, pues ellos ponen el listón a ese nivel.

    Y qué cierto es aquello de que hay vivencias que no tienen nada de graciosas pero con el paso del tiempo las recuerdas con humor.

    Me apunto eso de tragedia + tiempo = comedia

    Besos

  10. Helena, sí, es un renacer en toda regla. ¡No maldigas! Besitos.

    Mr. Dupin, no una, ¡varias gasometrías! Todavía recuerdo a aquella enfermera que lo consiguió a la primera, ¡qué emoción! Y tengo la cicatríz de guerra. Odiar, bueno tanto no, pero sí despreciar, porque uno no puede estar en un trabajo así, con enfermos, y tener tan poca humanidad. Besos.

    Miguel, ríete con ganas, que yo lo hago (sin que me vean, que luego me regañan). Me lo apunto, y voy más allá, una buena combinación de los tres puntos y… ¡A respirar! Un besazo.

    C.C, no por favor, no me riñas más, que ya ha pasado mucho tiempo, 😉 Beso!!

    7ven, no es amor, es responsabilidad, ¡jajajajaja! ¡Que ya no me regañes más! Besitos

    Mimi, tu historia me recuerda a otra. Mi hemana estaba de parto, llevaba casi 24 horas y no había dilatado nada. Era la tercera vez que iba al hospital, las otras dos la habían mandado de vuelta a casa. Esta vez yo la acompañaba. Teníamos 20 y 21 años, y a esa edad no es fácil que te tomen en serio. Cuando apareció mi hermana llorando diciendo que la mandaban de nuevo a casa, con esos dolores y ese agotamiento, me acerqué a la matrona y muy tranquilamente le dije que no nos íbamos, que ya podían darnos habitación e ir llamando al médico si no quería que lo hiciese yo. Consecuencia: ingreso. La cabeza fría tiene sus ventajas, mi pequeña torbellino. Un besazo.

    Sese, lo sé, pero es que no me sale, soy asquerósamente correcta. Espero que no haya próxima vez, pero si la hay me llevaré la cámara y haré mi mejor actuación. Besos.

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