Carta a una desconocida

Iba a empezar diciendo que mi peso se aleja bastante de la normalidad, pero no vamos a maquillar la realidad con eufemismos. Digamos simplemente que estoy gorda. ¿Me gustaría dejar de estarlo? Claro que sí. ¿Hago algo para solucionarlo? De vez en cuando. ¿Cuáles son los motivos que me impulsan a querer dejar de estar gorda? Bueno, algo de coquetería tiene, está claro, a pesar de todo sigo siendo mujer. Luego está la salud: el asma, los dolores de espalda,…

Pero… Me encantan los peros. Yo me sigo sintiendo sexy. La belleza, más que una fachada, es una actitud. Hace poco, en la fiesta de Navidad de mi centro de trabajo se me acercó una compañera algo achispada y me dijo: “estaba comentando hace un momento que, hay que ver, a pesar de estar gordita, lo sensual que eres, lo bien que te sacas partido”. ¡Pues claro! Que no todos tenemos que medir casi dos metros y tener la figura de una top-model para ser atractivos. Y yo, por norma general, me siento atractiva.

Os preguntaréis, ¿de qué va todo esto? ¿Por qué esta oda a mí misma? El otro día leí algo que me dejó la sangre helada. A veces pensamos que los trastornos de alimentación son cosa de adolescentes, tonterías de la edad que se pasan con el tiempo y la madurez.

Pues yo recuerdo todavía con escalofríos mi paso -como profesional- por la Unidad de Trastornos Alimenticios del Gregorio Marañón. Aquella chica a la que le sobraba la piel, o aquella otra que se emperraba en pesar cero quilos,… Creepy.

Sentir que tienes tu lugar en el mundo no debería depender de tu aspecto físico.

Querida Lía:

Después de mucho pensarlo he decidido no publicar tu comentario. Esto va en contra del espíritu de mi blog, donde solo se censuran los insultos, y a ves ni eso. Pero esta vez creo que es necesario. No quiero hacer apología de los trastornos alimenticios ni que ninguna de las personas que visitan este blog acabe aprendiendo algo que no debe de ti.

No, mi intención no es darte lecciones de moral, te lo aseguro. Si te pregunto ¿por qué lo haces? ¿Qué esperas conseguir con esto? ¿Cómo crees que cambiará tu vida cuando consigas tu objetivo? Es porque de verdad quiero saber las respuestas, no porque quiera hacerte reflexionar.

Aun así, yo tengo mi propia opinión y la libertad de expresarla. Lo que haces es una atentado contra ti misma, contra tu salud física y mental. Perdona que frivolice pero, como diría mi hermana, eso de chupar lechuga no es vida, sobre todo cuando de ti dependen otras vidas.

Si cambias de opinión, si decides que esas no son las maneras pero no sabes por dónde empezar, si quieres olvidarte de tu obsesión por los días de ayuno y la cuenta exacta de las calorías, ya sabes dónde encontrarme.

Yo tengo toda la paciencia del mundo, sé esperar. Espero.

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El asma-revelación

Iba a hablaros de mi Semana Santa pero, ayer, leyendo la última e hilarante historia de Miguel, pensé que no estaría mal contaros un momento de mi vida que cambió mi forma de ver el mundo.

Siguiendo la máxima de tragedia +tiempo=comedia, ahora lo recuerdo con una sonrisa, a pesar de seguir recibiendo cariñosos reproches por mi brillante actuación.

Nunca des por sentado algo tan natural como respirar.

Primero llegaron los gatos. Después las alergias, incluyendo a mis mininos en la ecuación. Luego vino el asma alérgico y, por último, el asma a secas.

Corría el mes de septiembre de 2008. Lo recuerdo porque era mi primer año de funcionaria y porque acababan de terminar las fiestas de mi pueblo. Había hecho un frío de pelotas, tanto que, después de de cuatro días de juerga al raso, mi cuerpo se colapsó de golpe: infección de garganta, fiebre alta, dificultad para respirar, “pitos”,… No era algo nuevo, sabía lo que debía hacer: Ir al hospital, dejar que me enchufaran los aerosoles, un par de días en cama reclamando atención y vuelta a la rutina. Pero había un pequeño problema: Míster Potato Darth Vader, mi odiado y nada añorado excompañero, estaba solo en el despacho. Y eso solo podía traducirse en un buen lío. Así que arrastré mi culo como puede hasta el despacho y me centré en los asuntos urgentes con la idea de escaparme al Gregorio Marañón en cuanto terminara. Total, me pilla a un par de pasos.

A media mañana los pitos eran de escándalo y cada respiración suponía un esfuerzo agotador. Me rendí, dejé el trabajo tal cual y me fui al hospital.

Para que entendáis lo que pasó voy a contaros un pequeño detalle de mi forma de ser: soy una persona poco dada a las demostraciones afectivas de cualquier índole, de aspecto sereno, y no suelo perder la calma.

Así, con calma, me dirigí a la señorita de la ventanilla.
-Espere ahí sentada –dijo con la cordialidad de una ortiga.
-Pero, es que…
-Espere ahí.

Me senté concentrándome en seguir respirando. A los diez minutos, tras una nueva intentona fallida, e intuir que iban a tardar bastante más de lo que podía aguantar en atenderme, desistí. Me levanté, me dirigí al metro y, tres paradas después, me bajé directa a la Clínica El Rosario con la tarjeta del seguro en mano.
-Señorita, no puedo respirar.
-Lo siento, no atendemos urgencias de su seguro.
-Pero es que NO PUEDO RESPIRAR.
-Bueno, siéntese ahí un momentito que ahora vienen a tomarle la tensión.

Mi mirada era una mezcla de mofa y desesperación. Le di la espalda y dije algo así como: “yo no necesito que me tomen la tensión, necesito aire. Pero no se preocupe, que me iré a morir a otro sitio, no vaya a ser que mi seguro les cause algún problema”. Recuerdo que oía a la loca aquella llamándome, pero ya había decidido ir a otro sitio y en aquel momento solo me quedaba agarrarme a mi firmeza.

En una mano el terbasmín y en la otra el ventolín. Chute, paso, chute, paso. La opresión en el pecho hacía que cada respiración fuese como tragar fuego. Mi visión periférica había desaparecido y un montón de puntitos negros brillaban delante de mis ojos. No sé cómo lo conseguí. Hubo un momento en que hasta me eché a reír pensando que iba a perder el conocimiento en mitad de la calle e igual me moría por idiota.

Llegué al mostrador del San Camilo sin resuello, vamos, como si hubiera corrido una maratón.
-No puedo respirar –decir aquella frase me costó un triunfo.
-La tarjeta del seguro, por favor –me respondió una de las dos señoritas, la más joven, sin siquiera mirarme.

En ese momento me rompí. Empecé a llorar, a reír, y apoyé la cabeza sobre el mostrador desesperada. La otra, la mayor, me preguntó:
-¿Un ataque de pánico?

Levanté la cabeza y la miré fijamente, ya con la presencia de ánimo recuperada, y susurré:
-No, de asma.

Fue como si encendiera una luz roja con sirena. De repente habían llamado al celador, avisado al médico de urgencias, me empujaban al box en una silla de ruedas,… Mi saturación de oxígeno era de risa. Primera carga de aerosoles. El box atestado, aquello parecía el camarote de los hermanos Marx.
-¿Mejor, verdad?
-No. –Igual esperaba que le fuera a engañar.
-Venga, no seas llorica –me decía el doctor vestido con su sonrisa de condescendencia.

Pero, al enchufarme de nuevo el medidor de oxígeno, se le borró.
-Pues no, no estás mejor.

A la tercera carga, ya me cayó la primera bronca.
-¿Pero, cómo es posible que hayas llegado a este punto? ¿Es que no sabes quejarte? Me temo que vamos a tener que ingresarte.

¿Ingresarme? Pensé en pánico. Ahora sí que me iban a empezar a caer broncas. No, todavía no había llamado a nadie para avisar de que estaba en el hospital. Estaba esperando a que me dieran el alta. Mi idea era acercarme a casa de mis tíos, que está a dos pasos del San Camilo, y desde allí esperar a que me vinieran a recoger. Ahora tendría que llamar y contar mi odisea. Para colmo no había habitación en el San Camilo, así que tenía que esperar a que me dijeran dónde me trasladaban.

-Sí, mamá, sí, perdón, ya sé que tenía que haberte llamado antes… No, no vengas, ya os llamaré para deciros dónde me llevan… No, no lo volveré a hacer… Perdón, perdón, lo siento…
-Sí, 7ven (misma conversación)
-Sí, Carrín (más de lo mismo)

Tras horas de espera en aquel box claustrofóbico rodeada de enfermos de toda clase –el que esperaba el trasplante, la anciana al borde la muerte,… todos en paciente resignación- por fin me tocó el turno de traslado. ¡Qué paz cuando por fin me metieron en una cama, con mi oxígeno, mis medicamentos en vena, mi pijama de hospital limpito!

Resumiendo: cinco días de ingreso, un buen montón de regañinas y “te podías haber muerto” y mi vida pasando ante mis ojos. Es verdad, me podía haber quedado en el sitio, y ahora solo sería un lejano dolor en mis seres queridos.

Fue ahí cuando decidí que la vida, además de insignificante, es menos permanente de lo que pensamos, así que no iba a esperar más para tratar de cumplir mis sueños. El asma –revelación.

¡Qué dura es la vuelta!

¡Pero qué bien que me lo he pasado! Necesito algo de tiempo para escribirlo, descargar y elegir las fotos, y os lo cuento todo con pelos y señales. Por ahora, paciencia, y dejaros claro que ya estoy de vuelta.

Salvo casos excepcionales, ya no voy a hacer doble publicación, así que si queréis enteraros de qué pasa por Un Mar de Cristal tendréis que daros una vuelta por allí.

Hoy podéis leer más sobre la búsqueda.

Luego más. ¡Feliz semana!

¿Me regalas una rosa?

Entrada publicada en Un Mar de Cristal.

Este año, al coincidir con la Semana Santa, el Día Internacional del Libro ha cambiado su jornada de conmemoración. Pero los que somos así de tradicionales o rutinarios no podemos dejar pasar esta fecha sin más.
En Cataluña este día coincide con la celebración de Sant Jordi, que se festeja con una bonita costumbre: una rosa y un libro.
Así que yo os voy a hacer un pequeño regalo: un par de relatos. Para recibirlos solo tenéis que enviar un correo a
con el siguiente asunto: “te regalo una rosa”. Fácil, ¿verdad? ¡Animaos! Podéis hacerlo hasta el 27 de abril, fecha elegida este año para celebrar el Día Internacional del Libro.
Nota: esta es una entrada programada porque, si nada lo impide, estaré disfrutando de unos días de descanso y desconexión. En cuanto vuelva os enviaré los relatos prometidos.

Podéis llamarme Capitana Vir

Porque… ¡¡¡HE APROBADO!!!

Os cuento… muchos sabéis que una parte importante de mi vida es el estudio. Llevo tantos años estudiando que no sé estar sin hacerlo. Pero estudiar siempre lo mismo cansa, más cuando es algo tan farragoso como las leyes. ¡Y eso que yo siempre fui de ciencias puras! ¿Quién me iba a decir a mí, allá por 6º de EGB, cuando la Agra nos obligaba a aprendernos los artículos de la Constitución de memoria –si cambiáis una coma podéis matar a alguien– que la norma por excelencia a la cual se someten todas las demás iba a ser para mí como el pan de cada día?

Las leyes, además, tienen un pequeño inconveniente que me martiriza. Cambian. Así que muchas de las cosas que he aprendido durante estos años no me sirven nada más que para rellenar huecos en mi cerebro saturado. Porque no hay exámenes a la vista, y porque mi condición de interina empieza a resultar extrañamente estable.

Así que este año decidí aceptar el reto que me planteó mi padre.

-Hija, tienes que sacarte el PER (Patrón de Embarcación de Recreo). Es una oportunidad, así podrás coger el barco (una motora estupenda, no se vayan a imaginar un lujoso yate) cuando vayas a Tui… y de paso me sacas a esquiar, que yo siempre os saco a los demás pero no hay nadie que lo pueda hacer por mí.

Así que, en esas hemos estado. Yendo a clases, pegándome con el R.I.P.A (lucecitas, pitos, gongs y repiques de campana), disfrutando con las cartas náuticas (matemática pura -lo dicho, lo mío son las ciencias-) y aprendiendo cosas que no me servirán para NADA, ya ves tú de qué me sirve saber en qué sentido gira una borrasca.

Ahora ya solo me quedan las prácticas de vela, pero eso está hecho.

¡Felices vacaciones!

Edición Clásica vs Nuevos Modelos de Edición

De nuevo, publicamos a la par aquí y en Un Mar de Cristal. Me váis a disculpar, he cerrado los comentarios en esta entrada, porque lo que quiero es desviar la lectura al nuevo blog, y que, como lo hacéis con este, os acostumbréis a visitar el otro.

Hay todo un intenso debate en Internet acerca de las bondades o las maldades de los nuevos modelos de edición: coedición y autoedición. Yo no voy a entrar en él. Os voy a hablar directamente de los motivos por los cuales descarto uno de ellos: la coedición.
Primero, por experiencia. Ya he publicado a través de un método muy similar (no tuve que poner un duro, pero dejé de ganarlo). De esta experiencia hablaré en otro momento, por ahora solo diré que no encaja conmigo.
Segundo, por la exigencia de pro-actividad que conlleva. Diréis que soy engreída, pero yo creo que mi labor pro-activa termina con la palabra FIN. Eso no quiere decir que en el resto de las partes de la publicación el autor no deba implicarse, por supuesto, pero considero que no es su trabajo llevar la voz cantante, ser el abanderado de su obra.
Y, en caso de optar por esta solución, ¿por qué no saltarte directamente a la editorial y decantarse por autopublicar? ¿Qué aporta la editorial en estos casos? Un apellido, sí. La posibilidad de entrar en círculos de venta más importantes, o participar en eventos que vetan los libros autoeditados. Pero, no nos engañemos, coeditar no es sinónimo de puertas abiertas. Sí, podrás estar firmando en la Feria del Libro, y verás tu libro en la web de La Casa del Libro, pero si la distribuidora no es buena, si no se implica, si la única visibilidad que le da a tu obra es la virtual, ¿no será mejor hacer esa labor por ti mismo? Porque, ya que tengo que poner todo el esfuerzo, que revierta directamente en mí, ¿no?
Hay infinidad de editoriales que ofrecen sus servicios de coedición. He recibido numerosos presupuestos –he de decir que los precios no son muy diferentes de lo que costaría la autoedición- y, antes de rechazar sus propuestas con mucha amabilidad, he hecho un pequeño rastreo de su visibilidad. Este tipo de editoriales se posicionan fundamentalmente en Internet, en plataformas de Impresión bajo Demanda principalmente. Luego, que el libro esté presente en las librerías físicas, es una labor del autor, que debe ir tocando puertas con su novela bajo el brazo y llegar a acuerdos del tipo: “te dejo unos cuantos ejemplares y ya echaremos cuentas”.
Pues bien, vuelvo a la misma reflexión: ¿qué diferencia encontramos respecto a la autopublicación? Porque, que una empresa que va a ganar dinero se venda o no mi libro me diga que mi novela es muy buena no me da la seguridad de que lo sea.
Así que, si llegado el momento, ninguna editorial ha apostado por mí, está claro cuál será el camino, ¿verdad?