No puedo estar contigo

Ayer la escuché de nuevo. Y me sigue trasladando al mismo lugar: Cork; al mismo año: 1994. A ese banco donde supe por primera vez lo que era querer, en el que descubría también el dolor del corazón roto.

Tenía 16 años y toda una vida por delante. Pero nunca olvidaré aquel verano. Y nunca, tampoco, aquella frase demoledora: “porque me dolería demasiado, no puedo estar contigo”.

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El Perro del Hortelano

Con el inminente estreno de la peli sobre la vida de Lope de Vega, que la verdad, me resulta de lo más atractiva (el protagonista, solo diré ¡mmmm!), me han entrado unas ganas locas de ir al teatro, a ver una buena comedia de enredos.

El año pasado estuvimos en el festival de Almagro, viendo La Celosa de Sí Misma, y, a pesar de los 40ª a la una de la mañana, me lo pasé genial, y me reí un montón: ¡Io sonno la contessa di Napoli!

Pero mi favorita siempre será El Perro del Hortelano. ¿Quién no se ha cruzado alguna vez en la vida con una Diana? Hasta es probable que alguna vez hayamos actuado como ella: “no puedo estar contigo pero no voy a dejar que te olvides de mí”.

Pero estábamos hablando de comedia, ¿verdad? De reírnos de la vida, de nosotros mismos. Porque la vida no hay que tomársela tan en serio, porque con una dosis de alegría todo es mucho mejor.

Riamos entonces, y si no tenemos ganas, sonriamos, que todo lo demás vendrá solo.

Desenganchada

Esta soy yo, ;). Esto son el tipo de cosas con las que me entretengo en Internet. Miro el correo, cotilleo en FB, leo blogs, comento en unos pocos, chateo si tengo el día charlatán, busco información absurda, grabo páginas que nunca volveré a visitar…

Cuando me engancho no puedo parar. Tampoco le pongo especial empeño, no nos engañemos, y es que la vida artificial a través de la red a veces es más viva que la propia.

Pero he decidido tomármelo con calma, por lo menos mientras dure este calor. Llevo toda la semana de semi-vacaciones. No he cocinado un solo día: empanada (traída directamente de miña terra), bocata de chorizo casero, pizza, chino… Después una siesta cortita, que no hay que abusar, si no luego no duermo por la noche, y sobre las cinco, cinco y media, me bajo a la piscina con un libro, mi mp3 y mis pocas ganas de relacionarme.

Así paso las tardes, señores. Nada de ordenadores. Aunque lo primero que hago nada más llegar a casa es conectarme, hay cosas que nunca cambian. Solo un ratito, lo justo para hacer un repaso rápido, que no hay que perder las buenas costumbres.

Disfrutar del cielo azul, la brisa entre los chopos, el sonido del silencio, la buena lectura, el agua fría, las comidas que yo no preparo, la calma… que luego llega el invierno y la reclusión, y Miguel (mi netbook) me llamará a gritos exigiendo la atención que no le estoy prestando.

Feliz soleado fin de semana.

¡Venga ya!

Sí, soy una aguafiestas. Pero es que las fiestas nacionales me parecen una aberración.

Hoy no voy a hablar de la “Fiesta”, creo que acerca de ese tema ya he dejado mi opinión bastante clara. Voy a hablar de la tan querida Tomatina, y de otra no tan conocida pero del mismo corte: la Merenguina.

Pues no, no me gustan, no me gustan nada. Desperdiciar quilos y quilos de comida en una batalla absurda, llenarte de trozos de comida que se te meten hasta en los ojos (señores, el tomate es ácido, y pica), por no hablar de lo pegajoso que es el merengue…

Es asqueroso y poco solidario. Como decía mi madre cuando no me terminaba el plato de comida, algo que sucedía con frecuencia: “tú sin comer mientras hay niños que se mueren de hambre”. Pues no creo yo que unos quilos de tomate pocho o de claras y azúcar (¿qué harán con las yemas?) puedan solucionar este gran problema que a nadie parece importar, pero, digo yo, ¿no habría otras formas menos estúpidas de dar salida a tanta comida?

Sí, ya sé que se tiran toneladas de comida en comercios, restaurantes, incluso en las casas… hasta yo a veces tengo que tirar algo (y no creáis, es un drama). Pero no se me ocurre ir al súper, llenar el carro y luego dedicarme a lanzárselo a la gente.

A este mundo le falta un punto de cordura, o de locura.

Cambios

Pues sí, está claro que algo ha cambiado, ¿verdad? O igual solo es que necesito coger el ritmo. Y es que todavía tengo puesto el modo-vacaciones, a pesar de que llevo más de una semana con el culo pegado a mi silla.

Pero mi actitud es distinta, estoy más relajada (debe ser porque todavía no me entero de nada), y trabajar en agosto es una gozada. Se empieza a notar la vuelta de las vacaciones, pero hasta la semana pasada esto era un desierto. En el despacho estamos a medio gas, y se trabaja muy a gusto.

En fin, que igual en un par de días vuelvo a ser la misma y a taladraros el cerebro con mis entradas, pero no lo pienso forzar, hacía mucho que no estaba tan relajada.

Vacaciones I

Todo empezó hace justo un mes… parece mentira, yo hubiera jurado que por lo menos fue hace tres. Y es que cada vez me asombro más de mi capacidad para desconectar. Debe ser que mi parte masculina está más desarrollada de lo que creo.

Era martes, lo recuerdo, y estaba ligeramente preocupada, ya sabéis, los martes son realmente odiosos. Pero al final todo salió bien, porque trabajé a destajo durante los días previos, así que una hora antes de salir ya había terminado.

Trato de recordar qué hice ese día, pero mi mente está en blanco. Solo recuerdo que, nada más llegar a casa, me pimplé una birra fresquita, estaba de vacaciones y había que celebrarlo.

El miércoles lo pasé en grande. Me levanté temprano para ir a la ITV a Guadalajara, me puse estupenda-de-la-muerte o, como dice mi padre, un escote de esos de vértigo que tú tienes, mi cara de no-sé-ni-cómo-se-baja-la-ventanilla, rogué a Lola que se comportara y, con la promesa de por-supuesto-mañana-mismo-cambio-las-ruedas, salí feliz con mi pegatina.

De ahí al Aquópolis con el Señor Marqués, mis sobris, mi Cuñá-que-está-más-buena-que-un-tractor-recién-pintao y Smallville. ¡Madre mía, qué risa! Nunca me había tirado yo por ningún tobogán de esos salvajes y empecé a lo grande. Adrenalina, risas, gritos… ¡llegué a mi casa agotada y feliz! Vamos, que me quedé frita a las nueve y media, y eso, señores, en mí es raro, rarísimo.

El jueves fue día de exámenes, maletas y nervios, porque el viernes, a las cinco y veinte, Bichobola y yo íbamos a estar en pie y rumbo a miña terra… Pero eso es otra historia.

Que tengan ustedes un fin de semana genial.

He vuelto, esta vez de verdad

Quise contaros cómo estaba disfrutando del mundial, sentada en la terraza, escuchando y viendo mi pueblo convertido en un estadio gigante cada vez que la cosa se ponía caliente. Me aguanté.

Quise hablaros de cómo mi sobrina vino a pasar un rato y se quedó tres días. Me lo guardé.

Quise escribir una crónica del MADO 2010 y, sobre todo, de cómo conocí al hombre más guapo del mundo. Ahora no es el momento, pensé.

También hablaros del nuevo idioma de mi sobrino: “teniva sueño”, “mata-suenas”, “se me ha redetío (el helado)”, …

O del nacimiento de mi nuevo sobrino postizo: JJ, el chamaquito que se ha hecho esperar lo suyo, la noche de Zarzuela con mi madre, la breve vuelta a casa de Dhalsim, el cumpleaños de Míster W con concierto de Hare incluído, mi amor por Cataluña desde que la ley pone un poco de cordura en este país de mierda, y, por supuesto, la detallada crónica de mis vacaciones.

Una semana después de empezar el descanso pensé que qué poco tiempo había pasado, que se me estaba haciendo eterno. No sabía cuánto más iba a aguantar. Pero a la vez tenía una sensación, no sé, ¿liberadora? Decidí que por lo menos esperaría a la vuelta de vacaciones. Más de un mes…

Galicia, Inglaterra, Denia… Se acabaron las vacaciones, también las del blog.

Amor mío,

Lo he intentado. Estos días, semanas sin ti han sido muy duros. Pero no ha funcionado, sigues ocupando muchos minutos de mi pensamiento. Y no puedo dejar de querer escribirte. No quiero.

Fui yo quien te encontró, la que te buscó. Al principio solo dos desconocidos mirándose de frente, buscando la manera correcta de relacionarse.

Poco a poco te fuiste adueñando de mis pensamientos, de mi corazón. De repente mi vida giraba en torno a ti. Imposible hacer un solo movimiento sin que acudieses de alguna forma a mi mente.

Lo reconozco, eso me asustó. Mucho. Y, tras varios intentos infructuosos, me separé de ti.
Ahora vuelvo, ahora que por fin lo entiendo. No puedo estar lejos de ti. Todos estos días, estas semanas, mi pensamiento ha volado hacia ti. Me rindo. Ya eres parte inseparable de mí.


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