Señores pasajeros, bienvenidos al vuelo…

Ayer cenaron en casa Pooh y JMi. Pooh es Psicóloga, de la misma forma que yo soy Terapeuta Ocupacional. Vamos, que para poder ejercer su profesión tendría que aceptar trabajos de mierda miserablemente pagados. Y claro, con 22 años y viviendo cómodamente en casa de tus padres, puedes plantearte la vida con más calma: empezar de becaria, para luego ganarte un puesto en el que cada vez que te entregan la nómina envidias a los mileuristas, y poco a poco ascender hasta ese punto en el que te puedes plantear compartir tu vida con tu pareja, los gastos a medias por supuesto… Pero, no nos engañemos, ya tenemos una edad y, lo más importante, una independencia que mantener.

La cosa es que, después de un año probando suerte, ha decidido volver a su antiguo puesto de auxiliar de vuelo, o como me gusta más llamarlo a mí, azafata.

Pero hoy no vamos a hablar de trabajo ni de trabajos. Vamos a hablar de un tema que me espina mucho: la comida de los aviones.

En su día ya se lo pregunté a Princesa, que también trabaja en las alturas, y estoy segura de que, como lo hizo ayer Pooh, no me dijo la verdad.

¿Nunca os habéis preguntado por qué la comida de los aviones siempre huele exactamente igual? Da igual que te pongas pollo en pepitoria o raviolis rellenos de queso y champiñones, el plato siempre está impregnado de ese olor nauseabundo.

Y yo tengo una teoría. Estoy segura de que, en algún lugar del avión, tienen escondida una máquina que fabrica comida con distintas formas y aspectos, cuyo material de trabajo es una masa indeterminada que se supone que alimenta. Entonces, el encargado de montar las bandejitas para la comida solo tiene que presionar un botón, y listo. ¿Que quieres un filete a la milanesa acompañado de patatas parisinas? Pues solo tienes que apretar el botón de “filete a la milanesa” y después el de “patatas parisinas”. Ahí comienza la misteriosa máquina a trabajar la masa, dándole forma y color, y a veces incluso textura.

Tengo a mis espaldas unos cuantos vuelos transoceánicos, así que sé de lo que hablo. Yo, por si acaso, hace mucho tiempo que dejé de abrir las bandejitas. Me como el chusco de pan untado de mantequilla, y si me quedo con hambre, ajo y agua.

Princesa, Pooh, entiendo que por contrato debáis de guardar el secreto, pero yo lo he descubierto, y me voy a encargar de que todo el mundo lo sepa, ;D

** Otro día hablaremos de la máquina que sirve, tanto para hacer los pastelitos del postre como colchones de espuma.

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Feria del Libro de Tui – 15 de agosto de 2009

Invitada por el Concello de Tui y acompañada por Don Moisés Rodríguez, Concejal de Cultura, participé en el acto de inauguración de la Feria del Libro de Tui presentando la novela.
El acto tuvo lugar en el Paseo de la Corredera (Paseo da Corredoira), con la presencia de las autoridades, entre las que destacó la del alcalde Don Antonio Fernández Rocha y las librerías tudenses: Biblos, Valverde e Iris .

Tras la introducción del acto por parte de Moisés Rodríguez, me dirigí yo a los presentes, entre los que se contaban muchos familiares y amigos a los que agradezco de corazón su asistencia en esa calurosa tarde. Comencé leyendo las primeras páginas del libro, para después pasar a hablar de mi especial vinculación con Tui y, por supuesto, de la novela.
Nada más finalizar mi intervención llegó la actuación del grupo folclórico “Seixos Albos”, con los que finalizó el acto de inauguración.

Publicada en Lejos del Miedo

Nada que decir…

O mucho, pero poco interesante.

Podría hablar de la aversión que le tengo a las tradiciones de las fiestas patronales. ¿Cuánto se podría hacer con el chorreo de dinero que se dedica a ese macabro entretenimiento nacional?

Desde mi balcón veo la plaza de toros. Por estas fechas siempre tengo la terrible tentación de colgar una sábana en la que, con letras bien grandes, estaría reflejada mi idea de “el mejor torero”. Pero claro, temo las represalias (eso de la libertad de expresión es un cuento chino).

Igual es que yo no sé divertirme, pero sigo sin verle la gracia a eso de ver cómo torturan a un pobre animal.

La noble raza del toro bravo. ¡Ja! Hay que ser necio. Si esa es la solución para evitar la extinción de determinadas especies, ¿por qué no empezamos a torear tigres?

¿Y qué me dicen de los encierros? ¡Qué emoción la de correr delante de un animal cabreado que tiene unos cuernos tan largos como mis brazos! Yo creo que se podrían mejorar. ¿Por qué no correr descalzos con el suelo lleno de cristales rotos y con astillas clavadas debajo de las uñas? Así la diversión está asegurada, y todos los corredores podrían mostrar orgullosos sus heridas de guerra.

O las vaquillas. ¡Qué valientes todos esos muchachos ebrios que saltan a la plaza a putear a los animalitos! Reconozco que a mí también me mola eso de putear a mis bichos. A mi Bruno lo tengo frito con tanto beso, y me encanta acunar a mi Perlita, a pesar de que sé que no le mola nada que la coja en brazos. Pero ellos me quieren lo suficiente para aguantar pacientemente mis caprichos. La vaquilla, no lo creo. Más bien es un pobre animalito asustado que intenta salir de ahí como pueda, y si se tiene que llevar por delante al “hijo-de-la-vecina-que-es-tan-buen-chico-y-tan-simpático”, pero que se ha tomado un par de copas de más, y ahí está, intentando impresionar a sus colegas, pues le importa muy poco. Le importa tres pepinos que el muchacho tenga un futuro brillante, que ayude a su padre en el “sembrao”, que su madre lo adore, o que su novia no pueda vivir sin él. El bicho solo ve un obstáculo en su camino.

Luego, claro, vienen las lágrimas y los lamentos. Porque, fíjate, el muchacho iba para bailarín de Fama, y como lo empitonaron, se quedó a medio camino. Ahora se da a la bebida, su novia lo ha dejado por otro guaperas, y en el pueblo lo llaman “el cojo”.

¿Pena? Ninguna. Si a mí me gustase cortarme los dedos de las manos nadie debería sentir pena si me lamento porque no puedo escribir. Digo yo.

Si a mí las fiestas me gustan, pero algo más acorde con los nuevos tiempos. Igual estaría bien que las luces no estuvieran encendidas todas las noches desde tres semanas antes del ansiado comienzo, o que la gente fuese un poquito más limpia y civilizada, o que hubiese algo más de variedad en los conciertos (¡algo más de rock, por favor!).

Ya tengo una edad, no nos vamos a engañar, y ya no vivo las fiestas como antes. Ya no es lo mismo. Pero hay algo que no cambia: ese momento en el que puedo reunirme con mis amigos a beber cerveza al aire libre y recordar viejos tiempos, hacer un poco el tonto y convencernos a nosotros mismos de que todavía nos queda mucha juventud por delante.

¡Que vivan las fiestas (pero que cambien las tradiciones)!

Para no tener nada que decir… no está mal.

Una importante reflexión

¿Por qué, si es grande, al cojín se le llama así?

Uno de los mejores puntos de mis últimos coletazos de vacaciones. Gran reflexión, avo.

Me quedo con eso, con las risas, la familia reunida, con las resacas de felicidad. Así será más fácil superar este infierno. Porque Madrid, por primera vez en muchos agostos, es un infierno de calor.

Por lo demás, todo bien. Habituándonos poco a poco a la rutina diaria, con un par de alicientes añadidos: las comidas en compañía, el tráfico fluido, el mundial de atletismo, las tardes en la piscina, mis sobris ya de vuelta de vacaciones…

Ha llegado el momento de dejar de ser antitanga y empezar a ser probraga.

Feliz fin de semana

De vuelta

Creo que por fin puedo hablar del tema sin que la tristeza me arrase. Sí, es ley de vida. Sí, era lo mejor. Pero, aún así duele, y no poco.
Estaba sentada terminando mi desayuno. Por el gran ventanal del saloncito de la casa rural veía un mundo verde que bajaba en suaves ondas hasta el mar. Apenas llevábamos un par de días de vacaciones y yo ya había desconectado del todo.
De repente el teléfono sonó. Era mi hermana. Entre sollozos me lo dijo: mi abuelo había muerto. (…)
Vacaciones raras. Después de todo lo que implicó aquello me puse enferma, cómo no.
Hemos tenido lágrimas, risas, cansancio y descanso, momentos de paz, otros de frenesí. Se podría decir que han sido muy completas: Lugo, Albacete, Madrid, Tui, Almagro, Turín, Milán.
Y ahora toca trabajar, ¡qué pocas ganas!
Disculpen mis escasas palabras y mis largas ausencias.
Feliz lunes