Protegido: Un mundo que nos ilusione

Este contenido está protegido por contraseña. Para verlo introduce tu contraseña a continuación:

Anuncios
Publicado en General | Escribe tu contraseña para ver los comentarios.

Amor

A todos los que sufren por amor, a los que no entienden mi forma de ser, y, sobretodo, a mi sobrina, que ha sacado un 8 en inglés. Yo también te quiero bichito.

Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintos: 12, 31-13, 8a

Hermanos: Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino mejor. Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de predicación y conocer todos los, secretos y todo el saber; podría tener una fe como para mover montañas; sino tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.
El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no presume, ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca.

Igual pero distinto

Ni siquiera son las ocho y ya estoy sentada frente al ordenador, con un montón de buenos propósitos para el día de hoy. El olor del café, bendito brebaje, llena mi pequeño espacio.

Estoy sola, así que podré cambiar la emisora de radio. Primero un poquito de rock y después el programa de Finaly, con sus versiones y rarezas. Siempre escucho algo nuevo que me gusta. Cada día está lleno de pequeñas enseñanzas.

“Solo sé que no sé nada”. La primera vez que oí esta frase pensé que era muy redicha. Luego, con el paso del tiempo, ha entendido lo que quiere decir. Cuanto más aprendemos más necesidad de seguir aprendiendo tenemos. Se va ampliando nuestro horizonte y nos invade algo parecido a la desesperación, por todo lo que queremos aprender y el poco tiempo del que disponemos. Pero el tiempo no existe…eso me dijiste ¿no?.

Ana tiene cáncer, otra vez. Se ha echado a llorar frente a mi mesa. Flacas palabras de consuelo. Es tan joven… Hoy va a ser un día triste.

El encantador de cangrejos

El miércoles, después de mi dura jornada de curro y academia, y el desesperante atasco de la tarde, en vez de ir directa a casa a repantingarme sobre el sofá con una buena dosis de autocompasión primaveral, me fui a ver a mi padre. Había llegado el día anterior de Angola. Ahora vive allí, y las oportunidades de disfrutar de su compañía son pocas. No es que antes le visitara mucho (y él a mí menos), pero parece que, cuando está aquí, tenemos que aprovechar.
Los dos somos de pocas palabras, así que en poco tiempo nos ponemos al día. Creo que si hoy le fuera a visitar nos sentaríamos en el sofá, él leería el periódico y yo ojearía alguna revista corporativa, de esas que siempre hay en su lado de la mesa.
Una de las cosas que más me gustan de cuando viene es ver las fotos nuevas. En esta última temporada ha estado unos días en Namibe, la provincia desértica que corre paralela a la costa altlántica hasta el río Cunene, la frontera natural con Namibia.
Las fotos son impresionantes, dunas gigantescas que esconden pequeños oasis, incluso una gran laguna; kilómetros y kilómetros de playas desiertas, con alguna que otra foca echando la tarde, atardeceres rosados, niños chupando con fruición sus cañas de azúcar, pueblos de chozas de caña,…
Cada vez que miro esas fotos y otras anteriores me entran una ganas locas de ir. Luanda es una ciudad feísima, siempre atascada y que huele mal. Pero no me importa pagar ese precio si así puedo recorrer alguno de los paraísos que esconde el resto del país. Me atrae mucho conocer una forma de vida distinta, sentirme una minoría racial, confirmar que se puede ser feliz con muy poco, vivir una experiencia lejos de mi pequeño mundo. Y como ya me pasó con Marruecos o Brasil, seguro que me enamoro del país.

Mística

Paseaba estas pasadas vacaciones por aquellos parajes redescubiertos, mezclando recuerdos con nuevas sensaciones, cuando 7ven llamó mi atención sobre una casa. La puerta y las ventanas estaban clausuradas y, como siempre que veo algo así, me asaltó una sensación de angustia fugaz. Y lo dije: “es como ahogar a la casa”. A lo que él me respondió: “¡Ay, Vir!. A veces eres tan…” La frase la terminé yo, en modo de pregunta: “¿mística?”.
Esa era la palabra que buscaba… Pero no estoy segura de que me defina. Quiero decir, una experiencia mística es algo así como experimentar “el alma universal” (dejando a Dios/Llámale X a parte). Es una fusión con algo mayor que nos envuelve y nos contiene; entonces sentimos que nos diluimos, como gotas en el mar. Y ya no somos gotas, somos mar, y como tal somos uno solo, no la parte de un todo, sino el todo en sí.
Joder, me encantaría experimentar algo así… Mientras tanto seguiré sintiendo esa punzada de angustia ante una casa clausurada. Igual, de esa angustia surja mi fusión con ese “alma universal”.

Ayer, antes de ayer,… hace una eternidad

Parece mentira, hace apenas ¿qué? ¿unas horas? ¿unos días? ¿unos minutos?, estaba frente al cantábrico, preparada para mi primer baño de mar del año. Y ahora, de nuevo frente al ordenador del curro, sin saber muy bien por dónde empezar.
Ha sido agotador, pero maravilloso. A pesar de las manadas de ovejas vestidas de personas, de los chaparrones de lluvia, de los horarios trastocados, el dolor de piernas debido al hambre, y de espalda por las horas de conducción.
Volver a Trescares después de más de veinte años, la belleza bruta de los Picos de Europa, la sidra y el queso de Vidiago, el horizonte infinito desde el Borizo, despertar y ver por la ventana cómo pasa el tren.
Hoy siento tristeza, desorientación y algo de claustrofobia. Y para colmo, preocupación. Porque mi pobre Brunito, el gatito de mis ojos, está en el veterinario para que le quiten unos cuantos dientes. Y es que, aunque no lo parezca, está ya mayor. Cruzaré los dedos.
Me va a costar esto de recuperar la rutina…

De qué va la vida

Me encantan los sentimientos extremos. Los mejores momentos de mi vida van siempre asociados a ataques de ira, emoción incontrolable, risas imparables o lágrimas sin control. Cuando siento tan intensamente solo siento. Siento la presión de la sangre en mis oídos, los ojos nublados, la respiración acelerada al ritmo de mi desbocado corazón. La adrenalina corre por mis venas tensando mis músculos, activando mis alarmas. No hay lugar para la razón. Más de una vez me he visto en situaciones que, de solo pensarlas más tarde, mis articulaciones se han convertido en gelatina.
Recuerdo que una vez estaba tan cabreada que enganché de la pechera a un grandullón y le empujé contra la pared, con la mirada enrojecida de furia. Entonces algo en sus ojos que me hizo volver en mí. Asombro. Y también cautela.
Podía haber sido distinto. Podía haberme partido la cabeza en dos con una sola mano. Supongo que lo inesperado de la situación le superó.
Porque sí, señores, yo también tengo un lado oscuro. A ver si va a resultar que soy todo paz, amor y control. Esa también soy yo. Y a quien lo le guste que no mire. Poco me importa, la verdad.
Además, a mí sí que me gusta. Después de esos momentos de absurda desconexión con la realidad llega la inspiración. Y yo vivo y respiro de la inspiración.
Por si alguno se quiere engañar, aquí va una gran verdad. En esto todos somos iguales, simples buscadores de experiencias, de sensaciones.