Ojos de yonqui

Así son mis ojos después de varias semanas de no parar. Y, por suerte o por desgracia, las previsiones son de no cambios. Hoy fiesta, mañana Segovia, el domingo brasileño,…
Ayer por la tarde estuve con Heidi. Después de múltiples cambios de planes (de comer a tomar café, de tomar café a comer, el plantón de Melanie, sin noticias de ET…) a última hora quedamos en el italiano (¡panacota!). Tuvimos una tarde en plan nostalgia (nota mental: la próxima vez llevar una grabadora para conservar en documento histórico su risa – para esos momentos en los que necesite un motivo para sonreír) y cerramos dos planes para noviembre: ruta del Hayedo de Tejera Negra con picnic si el tiempo lo permite y kedada en tres semanas (“Pepita” y Chueca, y quien se quiera apuntar es bienvenido, pero que tenga en cuenta que no se admiten cambios y que el plan es muy claro: morir matando). Después, con Flavio, mi novísimo ventilador de aire caliente bajo el brazo, puse rumbo a casa de mi hermana, que estos días está saturada de gente. Los franceses están de visita con sus tres hijos y cinco pequeños monstruos en un espacio reducido meten mucho ruido. Además, mi pequeño cumpleañero y Juju se fríen a tortazos cada vez que se cruzan, lo que aumenta el estrés general.
Me fui más tarde y más cansada de lo que tenía en mente en un primer momento (ya no tengo edad para andar tirada por el suelo jugando a hacer el bruto e irme de rositas), y con unos zapatos-tortura bajo el brazo. Explicación: el próximo sábado tenemos boda. Tengo vestido, el de siempre, el mismo que en los últimos doce años, pero no tengo zapatos. Llevaría sandalias, que es lo único que tengo medianamente mono en calzado, pero con el frío que está haciendo no es muy prudente (sí, sí, ahora soy prudente). No me voy a comprar unos zapatos porque no me da la gana. Entonces ¿a quién recurrir? Pues a mi hermana, claro.
– Unos que se puedan llevar a una boda y que no tengan mucho tacón.
– ¿Color?
– Pues gris, o negro, o… me da igual. Que sean cómodos.
– Estos son marrones, pero son muy cómodos.
– Tienen mucho tacón.
– ¿Esto es mucho tacón?
– Te lo voy a demostrar.
Y allá que me los planto e intento mantener el equilibrio a la vez que me desplazo. Ella se ríe pero no me cree, piensa que estoy teatralizando.
Después de ver todo su muestrario me quedo con los marrones que, comparados con el resto, está claro que no tienen mucho tacón. Y me importa muy poco que no combinen con mi vestido; marcando tendencias.
Ya en casa, y a poco más de una semana para el gran día, me calzo de nuevo los zapatos. Pijama rosa y zapatos de tacón, no se puede ser más glamourosa. Intento andar con naturalidad y acabo en el suelo muerta de la risa.
Me quedan duros días de entrenamiento, pero lo conseguiré; por lo menos ya mantengo el equilibrio estando quietecita. De todas formas creo que llevaré las sandalias en el coche, por si las moscas…
Hoy me he levantado con los mismos ojos de yonqui con los que me acosté, pensando en la posibilidad de instalar una grúa al lado de la cama para poder incorporarme, y con pocas perspectivas de descanso. ¡Dormiré cuando esté muerta!
Por lo menos hoy no pasaré frío, ya tengo a Flavio debajo de la mesa dándome calor… (¿Ves, Heidi, por qué tenía que ser un nombre de hombre? ;oP).
¡Feliz fin de semana!

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¡Mira, un oso polar!

Estoy en el despacho luchando para que los pingüinos que empiezan a instalarse por aquí no se me suban al escritorio, intentando que mis neuronas no mueran de congelación y tecleando sin parar para que no se me amoraten los dedos y la verdad, me he quedado sin temas pendientes por resolver (salvo algún que otro tema coñazo que ni muerta de frío voy ponerme a solucionar). Así que, he pensado que qué mejor inversión de tiempo que escribir una segunda entrada en esta estupenda mañana interminable. Dos chales, chaqueta, camisa, el abrigo encima de las piernas… me falta el brasero y las castañas asadas. En fin, que esta tarde me pasaré a comprar un aparatito de esos de aire caliente para ponerlo debajo de mi mesa, que si tengo que pasarme todo el invierno vestida como una abuela en una mecedora haciendo calceta me va a resultar muy complicado hacer mi trabajo.

Pues sí, esta entrada no habla de nada, pero creo que muchos haríais lo mismo si vuestros pobres pies corriesen el peligro de gangrenarse.

Tres palabras mágicas… Café, café, café!!!

¡Feliz cumpleaños Lucifer!

Hola mi vida, no creo que vayas a ser consciente de que es tu cumpleaños, pero de todas formas mis pensamientos hoy son para ti. A pesar de tus tortas, tus mordiscos, tus puñetazos y patadas, de que te enfades con frecuencia conmigo, de que tires al suelo la comida que con cariño te he preparado, de que dejes todo tirado por el suelo, de que me niegues tus besos… a pesar de todo esto y mucho más, te quiero. Mi niño, te deseo lo mejor siempre, pero hoy es el día en que te lo recuerdo. Bebé, con tus dos añazos ya no lo serás por mucho tiempo, ahora empieza lo bueno, ya verás.

Un millón de besos de tu tía favorita que pierde la cabeza por ti.

Consecuencias

Hoy, después del festival de aire y agua, el día se ha despertado limpio y claro. El cielo luce un azul que pocas veces disfrutamos por aquí y las papeleras están llenas de paraguas rotos. El grajo vuela a ras del suelo. Creo que hoy no tengo más que decir…

¿De qué sirven los paraguas dados la vuelta?

Esta tarde viene el perito del seguro a ver la catarata que se ha formado en el esquinazo del dormitorio. Esto de los peritos es de risa. Tras decirles no una sino varias veces que mi disponibilidad es a partir de las cuatro y media me llaman para decirme que ese señor mucho más importante que todos los demás vendrá el viernes de 11 a 12.
– Pero, señorita ¿no les quedó claro que por la mañana yo no puedo? Claro, pues entonces tendrá que ser para la semana que viene ya (claro, ¡como se me ocurre pensar que puedan venir el viernes por la tarde)
– En fin, que se le va a hacer, seguiré remando en mi casa.
– Es que si pudiera por la mañana…
– Pero es que no puedo (ya cabreada). Yo trabajo, y no voy a dejar mi trabajo para que ustedes hagan el suyo.
Pues eso, que al final viene esta tarde (o eso espero). Y luego tendrá que venir el fontanero, después el albañil… esto es un no parar.
Y yo, con eso de que las horas no les quedan claras, anoche decidí venir a currar en coche para llegar antes a casa, no vaya a ser que el señor perito decida que “de cuatro y media a cinco y media” significa “de tres y media a ocho y media”.
El tiempo daba lluvia, pero ayer anocheció con un precioso cielo azul, sin rastro de nubes, así que, ilusa de mí, supuse que la lluvia llegaría por la tarde. Me equivoqué. El viaje hasta el aparcamiento ha sido un reto de supervivencia. Eso no era lluvia (no quiero pensar en cómo estará mi pobre dormitorio), eran jarras de agua lanzadas con muy mala leche. Y encima viento. Mi pobre “pelotilla”, que además de no tener potencia no tiene peso, iba dando bandazos. Y yo sin haber tomado café. Para aumentar la concentración he quitado la calefacción y he subido la música. Además, he hecho un ejercicio de relajación para tomármelo con calma y no llegar completamente fuera de mí, que es lo que suele pasar cuando me enfrento al tráfico mañanero de la capital. Al ritmo de Police (So lonely! cantada a voz en grito), Jethro Tull, Boston, lo nuevo de G&R (no está nada mal…) y esa fantástica versión de Money for Nothing the los Dire Straits en concierto junto a Sting y Eric Clapton he llegado casi sin darme cuenta y casi sin salirme de mi carril a mi destino final. Un punto para mí, hoy he conseguido controlar a Mister Hyde.
Acabo de volver de mi paseo matutino, hoy más corto de lo habitual debido a las adversas condiciones climáticas. La lluvia sigue, y llueve hacia todos los lados Forrest; y el viento sigue, jodiendo los paraguas de los tercos que se empeñan en mantener seca la coronilla. Las sirenas de la policía y los bomberos no dejan de sonar. Cuando se pase el temporal habrá por fin nieve en las montañas. Invierno, bienvenido, te echaba de menos.

Negro, morado y marrón

Inspirada por mi bloggero favorito, vamos a hablar un poco acerca de ese tema tan molesto: la moda y sus derivados. Lo primero que me gustaría decir es: ¡maldito Luis XIV y su maldito complejo! Los tacones, además de ser un suplicio para mis pobres pies y mi ya sobrecargada columna, son una aberración más del culto a la imagen. Que me parece estupendo que esas mujeronas que se atreven con todo se suban a semejantes alturas y encima sean capaces de poner un pie delante del otro sin que parezca que andan por una cuerda floja, pero lo que es yo, por ahí no paso. Mi máxima a la hora de vestir, lo mismo que a la hora de calzar, es “lo primero, la comodidad”.
De paseo por la feria, hace unos meses, entre los puestos callejeros oigo lo siguiente:
– ¡Mira, palestinas!
– Este año están muy de moda.
Entonces, ¿por qué perder el tiempo? ¡Vamos a comprarnos unas cuantas, para poder combinar con los colores de moda este invierno! (Atención: al leer la frase anterior usen un tono irónico).
Pues sí señores, es que este invierno hay tres colores de moda: el negro (por supuesto), el morado y la gama de marrones. Y lo sé porque, como hacedora de pendientes, anillos, pulseras y demás baratijas, son los colores que me demandan.
Se supone que yo debería participar en esas conversaciones “de mujeres” en las que se habla de este tipo de cosas pero normalmente me siento tan fuera de lugar que lo único que puedo aportar, si me veo con fuerzas, es un fruncido de ceño acompañado de un asentimiento con la cabeza.
Abro mi armario para ver cuáles han sido los últimos modelitos que me he comprado: unos pantalones para el trabajo, una chaqueta para el trabajo, unos zapatos para el trabajo… Mi ropa de normal es la misma desde hace muchos años (¡tengo algunas reliquias de hace más de quince!) y mis nuevas adquisiciones son regalos de las limpiezas de armario de mi madre y mi hermana. Es verdad que alguna vez me compro algún trapito (¡soy mujer, soy coqueta, qué le vamos a hacer!), pero nunca siguiendo los dictados de la moda (y si ocurre es una casualidad). Porque, ¿quién coño decide qué es lo que está de moda? ¿Hay algún comité de expertos en moda? Si lo hay considero que está formado por personas completamente prescindibles.
Mi padre describió una vez mi forma de vestir de una manera muy divertida: “llevas zapatos de pobre y pantalones de obrero.” Pues me alegro de dar esa impresión papá, y ten en cuenta que lo aprendí de ti.
Ahora hablemos de lo molesto que es el tema de la vestimenta para eventos tales como bodas, cenas de empresa,… Si la cosa está en disfrazarse, ¿por qué no puedo vestirme yo de angelito, o de oveja? Con las ganas que tengo yo de estrenar mis alas de mariposa… Y ¿qué es eso de comprar un vestido nuevo en cada boda? Yo tengo dos vestidos de boda, verano e invierno, y hasta que no se caigan a pedazos los seguiré usando una y otra vez, ¡que para eso se gastaron una pasta en comprármelos!
Sí, soy así, y por mucho que os empeñéis eso no me resta feminidad.
¡Feliz semana!

¿¿¿¡Feliz Navidad!???

En mi media hora por convenio (en mi caso acuerdo, que para eso soy funcionaria) de desayuno, yo no desayuno. Ya lo hago cuando me levanto, ¿por qué repetirlo? Lo que hago normalmente si el tiempo lo permite es dar un paseo, estirar las piernas, respirar un poco de paz lejos del despacho… Me encanta callejear por Madrid. Gracias a esta costumbre he descubierto multitud de lugares interesantes; la semana pasada, por ejemplo, pasé por una tienda de alimentación, de esas tipo ultramarinos, de las que van quedando cada vez menos. Pues en un cartel leí: “tenemos pan de queso”. ¡Una tienda de productos brasileiros! ¡Qué felicidad! Pero me estoy desviando…

El caso es que allá por septiembre vi en un escaparate un rinconcito dedicado a adornos de Navidad. ¡En septiembre! ¿Es que estamos locos? No quise darle mucha importancia, igual es una tienda que tiene adornos de este tipo todo el año, como aquella en Inglaterra que todavía no conozco (sí, es una indirecta, ;oD).

Mediados de octubre. Faltan más de dos meses y las tiendas empiezan a llenarse de adornos para el árbol, turrones y demás viandas navideñas, espumillones…, la tele nos acribilla con anuncios de juguetes en horario infantil, las calles se engalanan con las típicas luces,…

A pesar de que todo indica que no debiera ser así, me encanta la Navidad. Seguramente tiene que ver con mi espíritu infantiloide pero, cuando en el puente de la Constitución saco mi kit de decoración y nos ponemos en faena me siento inmensamente feliz. Expoclausura, la lotería de Navidad, cena a la gallega con marisco, albariño y caldo en casa de mis abuelos, el mercadillo de la Plaza Mayor, preparar los regalos, ver la cara de mi familia cuando los abren, abrir los míos, el fin de año con nuestros propios rituales (nada de tacones, bragas rojas o cotillones con barra libre; mucho mejor chándal, purpurina y videoconsola con cava), el roscón de reyes,… hasta esperar dos horas de cola y empujones para que mi sobrina pueda darle la carta al paje pintado de negro tiene su encanto. En casa procuramos ser moderados, poco consumistas, ecologistas, hacer uso de la filosofía punk “do it yourself”, evitar en lo posible las comilonas exageradas,… pero, no nos vamos a engañar, disfrutamos como niños de esta época del año.

Pero en esta sociedad que se consume en el consumismo el encanto de la Navidad se diluye. No me apetece entrar a hacer la compra y encontrame de sopetón con un mostrador de mazapán, peladillas y frutas escarchadas cuando todavía no ha llegado ni el momento de comerse los huesos de santo. Robin la hawaina nos preguntaba que por qué algo tan rico como el turrón solo se toma en esa época. Pues porque es así. Se toma en Navidad, y fuera de la Navidad no está tan bueno.

Comunicado a todos los publicistas y a los centros comerciales:

    ¡no vais a poder conmigo!

Janiña, mi amor, los Reyes Magos sí existen, pero solo llevan regalos a los niños buenos como tú. Si tus amigos te dicen que los Reyes son los padres es porque ellos no son tan buenos como tú y sus padres, que les quieren mucho, les compran los regalos para que no se lleven una desilusión.